El registro no estaba completo, solo eran unos fragmentos interceptados.
'Muevan la mercancía'.
'Ya tienen el punto de entrega preparado en Puerto Blanco'.
'El presidente Osorio cubrirá los gastos usando los fondos de la fundación'.
'Los libros de la estación de socorro están impecables, nadie sospechará'.
Y la última línea...
'Lo que El Soberano necesita no es dinero, son los datos que ella tiene'.
Cuando esa captura de pantalla apareció frente a todos, un silencio sepulcral devoró el salón.
Cada palabra fue como una daga clavándose directamente en el pecho de Pascual Osorio.
Su rostro perdió todo el color, y habló casi por reflejo, presa del pánico:
—Eso es imposible, ¿cómo pueden tener...?
Se dio cuenta de su error en el momento exacto en que las palabras salieron de su boca.
Se calló de golpe.
Pero ya era demasiado tarde.
Kiara lo observó, profundizando su sonrisa.
—¿Por qué la prisa, presidente Osorio? Todavía ni siquiera he mencionado de dónde sacamos esta pequeña conversación.
Una gota de sudor frío bajó por la sien de Pascual.
Mantenía los ojos clavados en la pantalla gigante, incapaz de ocultar el terror absoluto que burbujeaba en sus pupilas.
Esa comunicación...
¿Cómo demonios había llegado a las manos de ella?
¿Acaso venía de los servidores destrozados de la base de Hesperia?
No.
Imposible.
Se habían asegurado de purgar todo el sistema hasta las cenizas.
Kiara pareció leerle la mente y habló con lentitud calculada.
—Antes de que la base en Hesperia se autodestruyera, alguien se creyó muy listo pensando que había borrado todos los historiales de tránsito.
—Qué pena que no limpiaron bien.
Dibujó una sonrisa letal en sus labios pintados de rojo, y su voz adquirió un tono burlón.
—Si hay algo en lo que soy verdaderamente buena, es en escarbar en la basura.
Al escucharla, Damián tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada.

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