Kiara hizo una pausa, y con sus labios rojos pronunció claramente, sílaba a sílaba:
—Prometido... Provisional.
Al decir la última palabra, la sonrisa en los ojos de Joaquín se hizo aún más grande.
Pero el público volvió a horrorizarse y sorprenderse. ¡Prometido provisional! ¡¿Todavía estaba a prueba?!
Eso significaba que... ¡ella podía quitarle el título en cualquier momento!
Con la posición de Joaquín, con todo el poder de la familia Carrasco, ¿qué necesidad tenía de estar a prueba?
Pero, asombrosamente, él no mostró la más mínima molestia. Al contrario, sus cautivadores ojos se iluminaron de inmediato.
Como un enorme perro fiel que al fin recibe una caricia de su dueña. Sus ojos irradiaban una alegría que no podía ocultar.
Kiara, al ver esa expresión, levantó una ceja y comentó con frialdad:
—No cantes victoria tan pronto.
Su tono era indiferente:
—Eres solo el prometido provisional. Compórtate bien, y luego te haré oficial.
Joaquín se rio por lo bajo. Levantó la mano y tomó la de Kiara. Bajo la atenta mirada de todos los presentes, el hombre inclinó un poco la cabeza, depositando un suave beso en las delicadas y radiantes puntas de los dedos de la chica.
Fue un roce muy ligero. Pero absurdamente devoto.
—Ya que me has dado el lugar —dijo Joaquín, levantando la vista hacia ella con una sonrisa relajada, pero con un fuego abrasador en los ojos—, ya no te puedes arrepentir.
Kiara sintió el cálido contacto en sus dedos. Su rostro hermoso y sereno seguía imperturbable, aunque las puntas de sus dedos se movieron de forma casi imperceptible.
Sin embargo, su rostro adquirió una expresión de orgullo mientras levantaba un poco el mentón.
—Eso dependerá de tu comportamiento.
Joaquín siguió sosteniendo su mano, con la cabeza en alto, mirándola con total franqueza. La intensidad en sus ojos no se ocultaba. Su voz, ronca y apasionada, bajó de volumen para que solo ella la oyera.
—En este mismo momento me muero por demostrarlo.

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