Ella debía quedarse en un lugar seguro.
El trabajo sucio y peligroso les tocaba a ellos.
Una vez que subieran bajo sus identidades de El Comodín, Lobo Gris y Espectro Sonriente, limpiarían el camino de cualquier amenaza.
De esa forma, si ella decidía ir a la Ruta Cero más tarde, los riesgos serían mínimos.
Cada uno en la mesa libraba su propia batalla mental.
Y, sin embargo, en apariencia, competían por ver quién se veía más sereno.
Todos, claro, excepto Damián.
Él seguía jugando con el panecillo, dudando si comérselo o no, mientras clavaba los ojos en Kiara.
La miraba una vez.
La miraba de nuevo.
Y otra vez.
Kiara finalmente alzó la vista y le dirigió una mirada helada.
—¿Tienes un tic en el ojo?
Damián casi se atraganta.
—¿Cómo me dices eso, hermanita? —exclamó Damián, haciéndose el ofendido—. Es simple preocupación de hermano.
Kiara le lanzó una mirada de reojo.
—Damián, cómete tu desayuno. Si te siguen viendo así, van a pensar que escondes algo.
Damián dio un respingo en la silla.
—¿Esconder algo? ¿Yo? ¡Por favor! ¡Yo soy el mejor cazarrecompensas de la red...! Cof, cof. Digo, ¡yo nunca oculto nada!
Su reacción exagerada...
solo lo hacía parecer... más culpable.
En medio de toda esa tensión subterránea, la única que seguía en su propio mundo era Escorpión.
Estaba concentrada en su sopa, devorando panecillos y sin olvidarse de servirse unas empanadillas de camarón.
Tenía las mejillas infladas de tanta comida.
Aunque Álvaro ya le había dado de comer la noche anterior, no debería estar tan hambrienta.
Pero el desayuno en la mansión Ibarra era una obra de arte.
No podía contenerse.
Cuando terminó su último panecillo, Álvaro, con total naturalidad, le sirvió otro de cangrejo.
—Come esto mientras está caliente.
Los ojos de Escorpión brillaron de emoción.
—¡Mil gracias, Álvaro!
Él le sonrió y le sirvió un poco más de bebida.
Damián lo miró y chasqueó la lengua.


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