Damián soltó una carcajada burlona.
—¿Acaso no te dan de comer en tu casa?
Joaquín respondió sin inmutarse.
—Sí.
Damián lo fulminó con la mirada.
—¿Y entonces qué haces en la mía?
Joaquín replicó con voz perezosa:
—En la mesa de los Carrasco no está Kiki.
Damián se quedó sin palabras.
Sus manos apretaron los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Tenía unas ganas inmensas de clavarle el tenedor en la frente a ese zorro descarado.
Con tono venenoso, contraatacó:
—Señor Carrasco, ya está un poco grandecito como para necesitar que lo acompañen a desayunar, ¿no cree? ¿Todavía no lo destetan?
Joaquín lo miró de reojo, con una calma que rayaba en lo provocador.
—No.
Damián abrió mucho los ojos.
Y Joaquín remató, arrastrando las palabras:
—Por eso vine a buscar a mi futura prometida.
Damián quería estrangularlo.
¡Este maldito engreído!
¡Viniendo a contaminarles el oxígeno tan temprano!
A Vanesa se le escapó una risita suave.
El abuelo Regino bufó.
—Tiene la cara tan dura como el viejo de su abuelo.
Damián refunfuñó entre dientes.
—En toda la familia Carrasco, no hay nadie con más descaro que este.
Kiara levantó la mirada y aclaró el asunto con voz firme.
—Fui yo quien le pidió que viniera.
Todos los insultos que Damián tenía en la punta de la lengua se esfumaron.
Se giró para mirarla, incrédulo.
—¿Y para qué lo llamaste, hermanita?
Kiara tomó una servilleta y se limpió la boca con suma elegancia.
—Tenemos asuntos que tratar más tarde.
Luego, se dirigió a Joaquín.
—Siéntate y come.
En el rostro de Joaquín apareció una sonrisa complacida, y respondió con inusual obediencia:
—Está bien.
Vanesa se puso de pie de inmediato, irradiando amabilidad.
—Ven, Joaquín, siéntate junto a Kiki.
Damián la miró indignado.
—¡Mamá!
Vanesa arqueó una ceja.
—¿Qué pasa?

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