En ese momento, Kiara se rio.
Con elegancia, dejó los cubiertos. En cada movimiento se veía fina, serena, como si ese ambiente le perteneciera por naturaleza.
Se recargó con calma en la silla, levantó una mano blanca y empezó a aplaudir despacio, una y otra vez.
—Mira nada más: “ilusionarme” —Kiara soltó una risa seca—. Por fin te cayó el veinte de que llevas veinte años disfrutando una vida que no era tuya.
Todo lo que Pamela tenía… ¿no era eso, precisamente, una ilusión?
¿Y todavía quería hacerse la víctima?
Kiara sabía que su mamá era la que más fácil se ablandaba y la que más se dejaba llevar por los sentimientos.
Al final, Pamela había sido “su hija” durante veinte años.
Y Pamela era experta en fingir: jamás mostraba celos frente a Vanesa.
Seguro Vanesa todavía creía que su hija adoptiva era pura, buena, dulce, y que de verdad se alegraba de tener una hermana.
Pero lo que Pamela acababa de decir…
“Antes mamá siempre me tenía todo listo.”
Y luego: “yo no debí ilusionarme.”
Era una jugada perfecta para despertar culpa.
Así que Kiara le cerró esa puerta de golpe, para que no tuviera por dónde seguir.
Y funcionó.
Cuando Kiara terminó de hablar, Vanesa se llenó de indignación. Le apretó la mano a Kiara y miró a Pamela con frialdad:
—Pamela, si te equivocas, te equivocas. Y si Lucía no sabe comportarse, es porque tú nunca le pusiste límites.
¿Por qué con que pidiera perdón ya tenía que ser perdonada? ¿Y los veinte años que le quitó a Kiara?

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