A Vanesa se le borró el color.
—¿Qué pasó? ¿Qué le pasó al vestido?
Mohamed se limpió el sudor de la frente.
—Fui a la bodega por el vestido de la señorita. Cuando pasé por el jardín… no sé cómo, pero una tubería reventó de repente y el agua salió disparada. Le cayó justo al vestido.
—La tela es seda de la mejor. Con el agua… se marca horrible. Aunque lo atendamos ahorita, me temo que no va a quedar bien en poco tiempo… y la señorita lo tiene que usar hoy en la tarde. ¿Qué hacemos?
—¿Qué? —Vanesa estaba entre furiosa y desesperada—. ¿Cómo pudo pasar algo así? ¿No se supone que esas tuberías se revisan a tiempo? ¿Cómo que reventó “de repente”? Hoy en la tarde vamos a casa de los Carrasco y ahora sale esto… Mohamed, tú…
Mohamed bajó la cabeza, muerto de pena.
—Ya estoy buscando otras marcas para ver si pueden mandar algo de emergencia, pero el tiempo está encima y un vestido que le quede a la señorita…
—¡De veras…! —Vanesa se sostuvo la frente, encendida de coraje.
Aunque lograran conseguir algo, no tenía comparación con el vestido hecho a la medida por el maestro Duarte.
Que Pamela fuera con un vestido del maestro Duarte a la fiesta de mayoría de edad de Eloísa, y que Kiara tuviera que ponerse algo “de emergencia”…
Aunque Kiara aceptara, Vanesa no podía aceptarlo.
Su hija merecía lo mejor.
Pamela, sentada en el sillón y fingiendo que seguía viendo la tablet, no pudo evitar reírse por dentro.
Bien hecho.
Kiara se la pasaba compitiéndole por todo. Ahora hasta el destino le estaba poniendo un alto.
Ella le había rogado a su mamá para que el maestro Duarte le diseñara un vestido. Y cuando por fin aceptó, también le mandó a hacer uno a Kiara.
Lo que ella consiguió a base de insistir… terminó beneficiando a Kiara.
Pues ahí estaba: hasta el destino parecía harto de que Kiara se llevara todo sin batallar.
Ojalá…
Ojalá también se arruinara el vestido que Joaquín le regaló.
Sin vestido, en la fiesta de Eloísa, Kiara solo iba a hacer el ridículo.

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