Así consiguió venir a reclamarle de frente.
Desde lo del autódromo de Monte Gris, Eloísa no volvió a buscarlo.
Y además, la familia Carrasco retiró todos los favores que antes le daban a la familia Ríos.
En este tiempo, la familia Ríos la había pasado fatal.
A Alejandro su papá ya le había puesto varias golpizas, obligándolo a ir a pedirle perdón a Eloísa.
Él estaba convencido de que, el día de la fiesta de mayoría de edad, Eloísa iba a aflojar y sería ella la que se acercaría.
Pero esperó y esperó…
Y terminó teniendo que meterse a escondidas al rancho para poder verla.
—Ellie, en todo Clarosol, ¿quién no sabe la relación entre nuestras familias? ¿Quién no sabe lo nuestro? —Alejandro tenía los ojos rojos—. ¿Y en tu fiesta no le mandas invitación a la familia Ríos? ¿Ni a mí?
Eloísa se asustó un poco. Se zafó de golpe y dio un paso atrás, con la cara tensa.
—¿Lo nuestro? ¿Qué es “lo nuestro”? Es mi cumpleaños, ¿por qué tendría que invitar a alguien que no me importa?
—¿Que no te importa? —la palabra le dolió a Alejandro; se le encendieron más los ojos.
La miró, intentando encontrar aunque fuera tantito de ese enamoramiento de antes.
No había nada.
La chica que antes solo lo veía a él, ahora lo miraba con auténtico asco y distancia.
A Alejandro le entró un miedo raro. Volvió a estirar la mano, queriendo agarrarla.

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