Cuando Kiara regresó al salón del banquete con Escorpión ya cambiada de vestido, de inmediato atrajeron un montón de miradas.
Unas de sorpresa, otras de puro impacto.
Con vestido formal, Escorpión también se veía presentable.
Eligió uno color vino, palabra de honor y corte sirena, que le iba perfecto con esa belleza atrevida y peligrosa suya.
Cintura marcada, figura sensual.
Coqueta, pero con un toque salvaje y arrogante.
Parada ahí, no le pedía nada a ninguna de las niñas ricas del lugar.
—No, bueno… con razón es el evento más top de Solarenia. Mira nada más el tamaño, el nivel… Híjole, ser la princesita de los Carrasco sí está con madre —Escorpión miraba para todos lados, emocionadísima.
Toda alterada, jaló a Kiara del brazo, bajó la voz y le habló al oído:
—Oye, oye, Muerte Viviente, mira para allá… ¿ya viste a todos esos peces gordos? Hay funcionarios, empresarios… de todo.
Cada nombre que decía le brillaban más los ojos, hasta que la voz le empezó a temblar de emoción.
—¡Esos son objetivos nuestros! Si pudiéramos, en este lugar, aventarnos a todos de una sola vez… entonces—
—Ya. —Kiara levantó la mano y le apretó la boca—. Estás en Solarenia. En Solarenia, ni se te ocurra pensar esas cosas.
Escorpión tenía la boca apretada, pero los ojos seguían pegados a esa gente. Balbuceó, incomprensible:
—…to’ ezo… e’ lana…
—En Solarenia, si te agarran, ni yo te saco —Kiara le apretó más—. De nada sirve el dinero si no tienes vida para gastarlo.
Se detuvo un segundo, recordando la “broma” de Joaquín, esa forma de probarla sin que pareciera.
—Y otra cosa: ya no me digas Muerte Viviente. Dime por mi nombre en Solarenia.
Escorpión asintió con fuerza, quejándose entre dientes, mientras se movía como loca tratando de zafarse.
Lo chistoso de la escena hizo que la expresión fría y bonita de Kiara se suavizara.

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