Dana movió los labios temblorosos, con el rostro completamente desprovisto de color.
Esa cifra astronómica era algo que ni siquiera combinando el patrimonio de la familia Zúñiga con el de la familia Núñez podrían cubrir.
—Por eso, nuestra única salida es rogarle a Kiara que tenga piedad de nosotros —sentenció Benjamín.
Tristán apretó los dientes.
—Pase lo que pase, ¡tenemos que esperar a Kiara! Incluso si tenemos que arrodillarnos y suplicarle, ¡si logramos que retire la demanda, estaremos a salvo!
Si Kiara estaba dispuesta a retirar los cargos, eso significaría que en el fondo todavía los consideraba su familia y que no soportaba verlos en la ruina y durmiendo en la calle.
Mientras el corazón de Kiara se ablandara, todavía tendrían la oportunidad de recuperarla.
Y entonces... podrían apoyarse en ella para volver a la cima.
En cuanto a la indemnización que exigía la familia Ibarra, Kiara también se encargaría de resolverlo.
¡Su única salvadora ahora era Kiara!
Tristán ya había depositado todas sus esperanzas en ella.
Los miembros de la familia Zúñiga se acurrucaron en un rincón oscuro, llenos de frustración. No se atrevían a asomar la cabeza, temerosos de ser acorralados por los periodistas y bombardeados con preguntas hirientes.
Esperaron allí durante varias horas.
Hasta bien entrada la madrugada, la gente comenzó a salir gradualmente del recinto.
Esas horas fueron una tortura para Dana.
Su rostro, ya enrojecido e hinchado por las bofetadas, le suplicaba por un poco de medicina para el dolor. Pero cada vez que intentaba moverse, Tristán la fulminaba con una mirada cargada de odio.
No le dio ninguna oportunidad de alejarse.
Ni permitió que sus otros hijos le consiguieran algún remedio.
Tuvo que soportarlo en silencio; el simple hecho de mover la comisura de los labios le provocaba un dolor punzante.
Cuando ya empezaba a quedarse dormida, notó que por fin comenzaban a salir los asistentes del recinto.
Estaba llena de resentimiento.
¿Cuánto podía durar una competencia?
Dana ignoró el dolor de su rostro y corrió tras ellos.
Durante los últimos días, a Tristán le habían roto el orgullo en pedazos. Ya no quedaba rastro de su antigua arrogancia.
Y su nivel de desvergüenza había aumentado considerablemente.
Tras interceptar al Subdirector Campos, Tristán puso cara de lástima y le rogó que no demandara a la familia Zúñiga.
—¡Subdirector Campos, por favor! Tenga piedad, no demande a nuestra Cata... A usted antes le caía muy bien nuestra niña, ¿verdad? —intervino Dana, suplicando en voz baja—. Decía que era dulce, hermosa, que tenía talento y potencial. No tendría el corazón para arruinarle la vida de esta manera, ¿o sí?
Mientras hablaba, con los ojos llenos de lágrimas, estiró la mano para intentar tomarlo de la manga.
—Cata es solo una niña, cometió un error, pero por favor, dele la oportunidad de enmendarlo...
El Subdirector Campos se apartó con repugnancia y miró de reojo el rostro hinchado y amoratado de Dana.
La mirada que le dirigió a la familia Zúñiga fue de absoluto desprecio.
Se ajustó el traje con frialdad.
—¿Una niña? Je. ¿Un bebé gigante de veinte años? Ya es una adulta, ¿acaso no conocía las consecuencias de cometer robo, fraude y violar derechos de autor? ¿Acaso no pensó en lo que podía pasar?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste