La luz de la mañana despuntaba.
Kiara estaba sentada perezosamente en la mesa del comedor, tomando café.
A su lado, Escorpión devoraba todo a su paso, mientras le gritaba a Álvaro con la boca llena:
—¡Álvaro, esos panecillos al vapor que tienes enfrente están deliciosos! Pásame dos... ¡no, tres! ¡Cuatro!
Álvaro se quedó callado.
Con un gesto de impotencia, pero a la vez de cariño absoluto, tomó unas pinzas de servir y le colocó los panecillos en su plato. Tras el cristal de sus lentes, en sus profundos ojos oscuros se asomó una sonrisa que ni él mismo notó.
Kiara entrecerró los ojos, evaluándolos...
Sentía que la relación entre estos dos se había vuelto demasiado cercana.
¿Desde cuándo Escorpión y su hermano mayor tenían tanta confianza?
—¿Qué pasa? —Al notar la mirada de su hermanita, Álvaro levantó una ceja amable—. ¿Tú también quieres unos panecillos?
—Ya estoy llena. —Kiara bajó su taza de café—. Hermano, ¿ya está listo el equipo de profesionales que te pedí prestado?
Álvaro se acomodó las gafas de marco dorado y sonrió con dulzura:
—Listos y a la espera de tus órdenes.
Kiara asintió, y un brillo gélido cruzó por su clara mirada:
—Entonces diles que se movilicen ahora mismo. Es hora de limpiar la basura en la casa de los Zúñiga.
Ella lo había prometido: rescataría el Grupo Zúñiga, el legado de Don Leandro y Doña Julia, y lo dejaría completamente libre de ratas.
El momento había llegado.
—
Mansión Zúñiga.
Toda la familia dormía profundamente en sus habitaciones.
La noche anterior se habían quedado haciendo guardia afuera del salón del evento hasta las cuatro de la madrugada, esperando que Kiara saliera, pero las luces se apagaron y ella jamás apareció.
Totalmente exhaustos y llenos de frustración, regresaron a casa justo cuando amanecía.
Apenas habían logrado cerrar los ojos para dormir.
¿Sería porque...
Habían arrestado a Catalina?
¿Porque la familia Zúñiga se había quedado sin Catalina?
¿Acaso por eso quería regresar?
Tristán, eufórico, agarró la primera ropa que encontró, sin siquiera voltear a ver a su esposa, que había caído al suelo por la patada:
—¡Ve rápido a despertar al mayor y al menor!
Dana, tirada en el suelo, se quejaba de dolor sin parar.
Su rostro ya inflamado parecía hincharse todavía más:
—Pues ya llegó, pero, ¿acaso tenemos que salir a recibirla como si fuera la reina?
—¡Te dije que vayas! —Tristán agarró un vaso y se lo tiró a Dana—. ¡La vida entera de esta familia está en sus manos! Más te vale que te humilles completamente frente a ella y le pidas perdón. Si acepta regresar a esta familia, la vas a tratar como si fuera una diosa, ¿me escuchaste?
La mirada fiera y amenazante de Tristán hizo que Dana se encogiera de miedo.

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