Pensando en eso, la emoción brilló en los ojos de Pamela.
Pero...
Antes de que Kiara pudiera siquiera apartarla y ella lograra su drama de caer al suelo,
sintió un tirón desde atrás.
Su abuela la agarró del brazo y la jaló hacia un lado.
La mano de Pamela apenas rozó la manga de Kiara.
—¡¿Eres tú?! —exclamó la abuela emocionada, abriendo mucho los ojos y agarrando las manos de Kiara con fuerza—. Niña, tú... ¡¿tú eres Kiara?!
Pamela, desestabilizada por el tirón, dio dos pasos torpes hacia atrás.
Al voltear, vio a su abuela aferrada a Kiara, con el rostro iluminado por la emoción.
Su corazón se desplomó.
Entonces, vio cómo su abuela se giraba hacia su abuelo, llena de júbilo:
—¡Viejo, e-ella es la joven doctora de Solarenia que me salvó en la zona comercial! ¡Mi salvadora! ¡Quién iba a pensar que sería Kiara, nuestra propia nieta!
La sonrisa dulce de Pamela se congeló al instante.
La persona que había salvado a su abuela... ¡¿realmente había sido Kiara?!
¿Cómo podía ser posible?
¡¿Qué clase de broma macabra era esta?!
¿Por qué justo Kiara tuvo que encontrarse con su abuela cuando le dio el ataque y salvarla?
Al recordar lo maravillada que había estado su abuela hablando de la joven doctora, un mal presentimiento la invadió.
¿Acaso todas sus calumnias de hace un rato habían sido en vano?
—¡Kiara, ay, dime tú qué clase de destino es este! —Silvia le tomó las manos con ternura—. ¡Soy tu abuela! ¡Yo soy tu abuela!
Kiara bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y una suave sonrisa se dibujó en sus labios.
—Abuela —dijo con calma.
Los ojos de Silvia brillaron aún más.
Había estado fantaseando con la idea de convencer a la talentosa jovencita para que se casara con uno de sus hijos y fuera su nuera.
Pero ahora...
Bueno, ¡tenerla como nieta tampoco estaba mal!
¡Lo importante es que ya eran familia!
Silvia llevó a Kiara hasta donde estaba Marcos Quintana.
—Kiara, él es tu abuelo.
—Abuelo —saludó Kiara con dulzura.
—¡Sí! —Marcos la observó con detenimiento. Tenía los mismos rasgos que Vanesa.
Solo con verla, sintió un afecto inmenso.
Y al enterarse de que su propia nieta había sido quien le salvó la vida a su esposa, la miró con aún más cariño y orgullo.
—¡Bien hecho! ¡Digna heredera de la familia Quintana!

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