Sus labios rojos se curvaron lentamente en una sonrisa gélida y casi imperceptible.
Tenía un toque... sediento de sangre.
Los demás no lo notaron, pero Simón sí... Debajo de esa sonrisa se escondía una maldad juguetona.
Todos firmaron los contratos de riesgo mortal y dejaron sus huellas.
Kiara levantó una ceja y miró hacia los que estaban transmitiendo en vivo.
Miró directamente a la cámara.
Y de pronto, sonrió.
Esa sonrisa fue como una flor abriéndose en todo su esplendor, dándole a su hermoso y llamativo rostro un aire casi místico.
—Espero que... frente a las cámaras, sepan aceptar su derrota y pagar la apuesta.
La carrera estaba a punto de comenzar.
Todos se acercaron a la línea de salida.
En las gradas, los incontables espectadores gritaban enloquecidos al enterarse de que se correría en el Circuito Letal.
Kiara se paró frente a un superdeportivo rosa.
Adriana se puso verde del coraje al ver que su precioso auto rosa sería conducido por Kiara.
Apretó los dientes, le arrebató las llaves de un auto a uno de los hombres de Augusto y condujo hasta la línea de salida.
Miró a Kiara con una sonrisa burlona.
—¡Espero que logres sobrevivir a la primera curva con mi auto!
En la línea de meta se alinearon siete autos en total.
Adriana destacaba entre ellos, sintiéndose el centro del universo.
En ese momento, se formó un alboroto del lado de Augusto.
Un hombre vestido con un traje de carreras profesional y sosteniendo un casco se acercaba a grandes zancadas.
Caminó directamente hacia La Bestia, el auto fuertemente modificado de Augusto.
—Ese... ¡ese es Hugo!
Alguien reconoció al piloto y exclamó:
—¿No es Hugo, el Rey del Asfalto que ha ganado todos los torneos clandestinos en los últimos tres años? ¿Acaso Augusto lo contrató para que corra por él?
—¡Diablos! ¿Un piloto profesional? ¡Y encima el rey del circuito!
Una batalla de uno contra seis.
¿Quién se atrevería a tomar su lugar?
¿Y de quién era la culpa? Kiara debió haber establecido las reglas antes de aceptar la apuesta.
Así que ahora, Augusto podía hacer lo que se le diera la gana, ¿no?
—Sobrinita.
Simón, con su figura alta y estilizada, se acercó. Levantó una ceja y habló con voz profunda—: ¿Quieres que tu tío te ayude? He escuchado hablar de ese tal Hugo; de verdad tiene talento.
Hizo una pausa, curvó los labios en una sonrisa y añadió—: Esta vez no hace falta que me lo ruegues.
Aunque le divertía ver el espectáculo...
No quería que su sobrina favorita saliera lastimada.
Era obvio que todo esto era una trampa para Kiara.
—¡Tío Simón! —exclamó Adriana. Si su tío ocupaba el lugar de Kiara, ¿cómo llevaría a cabo su plan?
¿Por qué su tío siempre tenía que defender a esa provinciana?

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