Miró a Kiara.
Sintiendo que el alma se le escapaba del cuerpo.
¡Maldita sea!
¡Nunca debieron aceptar este trabajo!
¡La familia Benítez casi los condena a muerte a todos!
—¡¿Qué esperan?! —gritó Sabrina, que estaba lista para saborear la humillación ajena, pero se desesperó al ver al guardia congelado—. ¡No se queden ahí parados! ¡Sujétenla y arránquenle esa máscara!
Ese grito casi le provoca un infarto al capitán.
Reaccionó en una fracción de segundo, girándose hacia sus hombres, que ya estaban a punto de rodear a Kiara, y les hizo una señal táctica de emergencia.
El lenguaje de señas de los mercenarios.
[¡Peligro extremo! ¡Retirada total! ¡El que desobedezca, muere!]
Sus hombres se quedaron paralizados.
No entendían qué era tan 'peligroso'.
Pero la disciplina militar se impuso y los otros nueve hombres clavaron los pies en el suelo.
El capitán se volvió hacia Kiara, adoptó una postura impecable, bajó la cabeza hasta el pecho y exclamó:
—¡Mis disculpas, señorita! ¡Siento mucho nuestra imprudencia!
Al ver a su líder inclinarse.
Los otros nueve hombres intercambiaron miradas e inmediatamente hicieron reverencias profundas.
La sonrisa de Sabrina desapareció de golpe.
Los invitados se quedaron mudos.
¿Qué diablos estaba pasando?
¡Estos tipos eran asesinos despiadados del extranjero!
¿Por qué le estaban haciendo una reverencia con tanto pánico a esa mujer con máscara blanca?
—¿Qué están haciendo? ¿Están sordos? ¡Les dije que le arrancaran la máscara! —chilló Sabrina, roja de furia.
—Señorita Benítez —El capitán se irguió y la fulminó con una mirada letal—. A esta invitada no se le toca.
Las últimas palabras sonaron como una amenaza directa.
Sabrina estalló.
¿A qué le tenían tanto miedo?
¡Eran una bola de cobardes!
Sabrina sentía que no solo había sido humillada por una desconocida, sino que sus propios empleados se le habían reído en la cara.
Estaba temblando de furia.
Sus amigas, al ver cómo huían los mercenarios, empezaron a sentir que algo andaba muy mal.
Alarmadas, tomaron a Sabrina del brazo.
—Sabri, algo está raro. Ese capitán estaba aterrorizado... ¿Y si esa mujer es alguien de muchísimo poder?
—Sí, mejor déjalo así. No debe ser una cualquiera.
—Ese tipo es un mercenario internacional, ha visto de todo. Si él se acobardó, mejor no nos metemos.
—Estamos en plena subasta, si armas un escándalo será peor. Ya déjalo, Sabri.
Todas intentaban convencer a Sabrina de retirarse.
Pero ella estaba sorda a las advertencias.

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