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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 914

Pamela se negó.

Así que él la golpeó.

La dejó llena de magulladuras antes de arrastrarla a la fuerza con la intención de llevarla al casino.

En ese mismo momento, Sebastián volvió a llamar.

Esa era su única salvación.

Pamela contestó la llamada.

Y así fue como Sebastián la arrancó de las garras de aquel hombre.

Sin embargo, eso no significaba que hubiera conseguido una nueva vida.

Sebastián le había ocultado todo al mundo.

Incluso cubría los gastos necesarios para que ella siguiera viviendo como la hija de la familia Ibarra. La instaló en un lujoso apartamento, le asignó un mayordomo y personal doméstico.

En términos de lujos materiales, tenía los mismos privilegios de los que gozaba cuando estaba con los Ibarra.

Pero...

Sebastián era un psicópata.

Al principio, Pamela pensaba que Sebastián había caído de verdad rendido a sus pies, que era solo otro de sus muchos pretendientes enamorados.

Solo se dio cuenta de la verdad mucho más tarde.

Ella no era más que un fetiche retorcido para él.

Porque antes había estado en la cima, y porque era engreída y arrogante.

Por eso Sebastián quería arrastrarla al lodo y ensuciarla de la peor forma posible.

Lo que sentía por ella nunca había sido amor real.

Cuando Sebastián estaba de mal humor, la obligaba a arrodillarse en el suelo y arrastrarse hacia él como un perro para complacerlo.

A la menor provocación.

La obligaba a ladrar.

Incluso la forzaba a ponerse ropa que ella detestaba usar.

Pero para mantener su fachada de falsa gloria, su vida resplandeciente...

Se negaba a volver a un lugar tan asqueroso como ese barrio pobre, y no quería terminar siendo vendida a un casino por su supuesto padre biológico.

Solo le quedaba apretar los dientes y soportarlo.

Al principio, ella se negaba a aceptar los perturbadores gustos de Sebastián e intentaba mantener su postura de mujer inalcanzable.

Pero ahora, Sebastián la había convertido en un perro domado.

Completamente sumisa.

Pamela permaneció arrodillada a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas.

Sebastián, satisfecho, esbozó una sonrisa y bebió un sorbo de vino.

Sin embargo, sus ojos mostraban un aburrimiento evidente.

Haber arrastrado a esta arrogante señorita hasta el polvo y haberla quebrado para hacerla sumisa... parecía que la emoción se había esfumado.

Ya no era divertido.

Pamela, ahora convertida en su mascota perfecta, captó el peligro al instante al ver la expresión en el rostro de Sebastián.

Apretó las manos con fuerza.

Si no hago algo pronto...

Voy a pagar las consecuencias.

Si me maltrata tanto que me deja marcas obvias, ¿cómo voy a poder ir a la universidad mañana? ¿Cómo podré mantener la ilusión de ser la flamante señorita Ibarra?

Pamela tomó una decisión drástica.

Se arrastró de inmediato hacia Sebastián sobre sus rodillas, se apoyó a medias sobre el sofá y abrió la boca para morder delicadamente el borde de la copa de vino que él sostenía.

Directamente desde la copa en las manos de Sebastián, bebió un sorbo de vino.

Luego se irguió y pegó sus labios rojos a los de Sebastián en un beso.

El sabor del vino tinto fluyó entre sus bocas.

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