—Tendré que ver las pastillas para saberlo —respondió Kiara mientras retiraba la mano—. Pero por ahora, será mejor que dejes de tomarlas.
¿Desarrollar el potencial del cerebro? ¿Mejorar la concentración?
¿Qué demonios pretendía la familia Benítez dándoles esas pastillas a todos los estudiantes becados?
El pulso de Santiago mostraba claramente signos de que su energía vital se estaba consumiendo aceleradamente.
Lo más probable era que estuviera relacionado con ese neuroestimulante.
Si seguía tomándolo, en menos de seis meses terminaría siendo un vegetal.
Los ojos de Santiago se abrieron de par en par, incrédulo. El Grupo Benítez era una empresa enorme que invertía muchísimo dinero en patrocinar a estudiantes de escasos recursos como él.
¿Cómo podía haber algo mal con las pastillas que les daban?
Sin embargo, al ver la expresión de Kiara y recordar las extrañas reacciones que había estado experimentando su cuerpo últimamente...
Asintió obedientemente.
—De acuerdo, haré lo que dices.
Instintivamente, decidió confiar en ella.
Justo como lo había hecho momentos atrás, cuando tomó la firme decisión de abandonar el equipo de Sabrina para unirse al suyo.
Sabrina, desde lejos, los veía murmurando entre ellos.
Y notó que Santiago no dejaba de lanzarle miradas nerviosas.
Era obvio que estaban hablando a sus espaldas.
Eso hizo que la sangre le hirviera de coraje.
—¿De qué tanto cuchichean ustedes dos?
—¡Par de fracasados! ¿De verdad creen que pueden lograr algo juntos?
—Santiago, ya que tienes tantas ganas de cavar tu propia tumba, ¡te voy a dar el gusto!
Dicho esto, sacó su celular frente a todos y marcó un número, asegurándose de que Santiago la escuchara.
—¿Hola? ¿Director Serrano? Sí, suspenda inmediatamente todos los medicamentos de la abuela de Santiago. Y a partir de hoy, si ese infeliz se atreve a llevarla a su hospital, ¡échelos a la calle!
Al colgar, Sabrina miró a Santiago, quien estaba pálido, con los ojos desorbitados y una expresión de impotencia absoluta, y sonrió con malicia.
—¿Ves? ¡Este es el precio por traicionarme!
Traicionarla significaba prepararse para morir.
El aula entera guardó un silencio sepulcral.
—¡Muy bien! ¡Sigue haciéndote la dura!
—¡Quiero ver cómo su equipito patético de dos personas pretende competir contra los Atrapasueños!
—Para inscribirse en el torneo, se necesita un mínimo de tres personas.
—Toda la clase está de mi lado. ¡A ver de dónde sacas al tercer idiota que quiera unirse a ustedes!
Un equipo de dos personas no cumplía con los requisitos básicos.
Ni siquiera podrían entregar el formulario de inscripción.
Ya que el imbécil de Santiago había decidido abandonar su equipo en un momento como este...
¡Se iba a quedar sin poder participar!
Justo cuando Sabrina se reía a carcajadas, rebosante de soberbia...
En el fondo del salón, una mano temblorosa se levantó tímidamente.
—Yo...
Era una voz pequeña, frágil y temerosa, apenas un murmullo.
—¿P-Puedo unirme a su equipo?

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