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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 955

Santiago lo reconoció al instante.

Ese emblema en el capó...

¡Era la B alada de un Bentley!

¡Un auto que no bajaba de los millones de dólares!

Asustados, Santiago y Rosana retrocedieron rápidamente un par de pasos para no estorbar.

La puerta se abrió.

De él bajó un hombre alto y fornido, vestido con un traje negro impecable:

—Jóvenes.

Se dirigió a ellos con voz firme, haciendo un gesto cortés para invitarlos.

—Por favor, suban.

Santiago y Rosana cruzaron miradas, llenos de pánico. Miraron a su alrededor.

Efectivamente, no había nadie más en la calle. Estaban completamente solos.

Santiago tragó saliva pesadamente y se señaló a sí mismo:

—Disculpe... ¿nos habla a nosotros?

—Así es, joven Santiago, señorita Rosana —dijo el hombre con una ligera sonrisa—. Vengo de parte de la señorita Kiara Ibarra para llevarlos a su casa.

¿De parte de Kiara?

Santiago y Rosana abrieron los ojos como platos.

¿Cómo sabía Kiara que estaban en la parada de la escuela?

Y además...

¡¿Había enviado a alguien específicamente a recogerlos?!

¿No se suponía que Kiara era una chica del campo?

¿Cómo podía costear un auto tan obscenamente caro solo para ir a buscarlos?

Ambos se encogieron, juntándose un poco más, mirándose el uno al otro con evidente desconfianza.

Ese hombre...

¿Realmente lo había mandado Kiara?

El problema era que, después de las advertencias que Kiara les había dado el día anterior...

Al recordar a esos estudiantes becados que supuestamente se habían ido a 'viajes de estudios al extranjero'...

Al recordar a Kiara advirtiéndoles que dejaran de tomar la medicina de los Benítez...

Un escalofrío les recorrió toda la espalda.

¿Y si... y si este tipo en realidad trabajaba para la familia Benítez?

Ayer habían humillado a Sabrina frente a toda la escuela. Seguro corrió a llorarle a su familia.

En la pantalla apareció de inmediato el rostro deslumbrante de la chica.

Kiara parecía seguir en la cama. Su cabello largo caía como una cascada sobre sus hombros, y su mirada tenía una pereza fascinante; emanaba una vibra suave y completamente relajada.

Incluso siendo mujer...

Al ver esa imagen, Rosana sintió que el corazón le daba un vuelco. Se quedó paralizada, embobada mirándola.

Fue Santiago quien le dio un empujoncito con el codo.

—Kiara, disculpa muchísimo por molestarte tan temprano... —comenzó a decir Santiago.

—Vayan con él —interrumpió Kiara, reprimiendo un bostezo y frotándose los ojos—. Es como una hora de camino. Cuando lleguen, alguien saldrá a recibirlos.

Rosana asintió frenéticamente:

—E-está bien, Kiara, entendido.

—Mhm. —Kiara volvió a bostezar—. Seguiré durmiendo un rato. Me avisan cuando lleguen.

Con eso, cortó la llamada.

Fue solo entonces cuando Rosana y Santiago soltaron el aire que estaban conteniendo y subieron al auto con el chofer.

Una hora después.

Ambos se encontraban parados frente a los inmensos portones de hierro forjado de la mansión Ibarra.

El sol de la mañana bañaba el metal con un brillo dorado.

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