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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 977

Santiago se quedó con la boca abierta.

Esos... ¡esos eran los guardaespaldas de élite de la familia Benítez!

¿Y habían sido barridos como basura por el prometido de la capitana?

¿Quién demonios era este hombre?

¡Era una bestia!

Aunque, pensándolo bien, tenía sentido.

La capitana era la heredera de la familia más rica del país.

Quienquiera que fuera su prometido, jamás sería alguien ordinario.

—¿Cómo está ella? —preguntó Kiara, ignorando por completo la cara de asombro de Santiago, mientras caminaba hacia Joaquín.

Joaquín le echó un vistazo a Santiago y suspiró levemente.

—No pinta bien. Esos desgraciados no tenían ninguna intención de dejar vivir a la señora.

Seguramente, desde el instante en que Santiago se negó a obedecer las órdenes de Sabrina, habían sentenciado a muerte a doña Lola.

Incluso si Santiago hubiera cedido al chantaje, el resultado habría sido el mismo.

Era el castigo de los Benítez por haberlos traicionado.

Santiago lo entendió al instante. Toda la sangre abandonó su rostro y sus piernas amenazaron con ceder, pero sacó fuerzas de la nada y corrió hacia la puerta, irrumpiendo en la habitación.

Kiara lo siguió con paso tranquilo.

En la cama del hospital, la anciana estaba conectada a un respirador. Su rostro tenía un color grisáceo y espantoso. Estaba en los huesos y su cuerpo estaba lleno de sondas y cables.

Su respiración era un hilo casi imperceptible y la línea del monitor cardíaco estaba a punto de volverse plana.

Era la antesala de la muerte.

—¡Abuela!

Santiago corrió con los ojos empañados en lágrimas, se dejó caer de rodillas junto a la cama y tomó la mano esquelética de la anciana, llorando a mares.

Kiara se acercó y paseó la mirada por el frágil cuerpo de la mujer.

—Hazte a un lado —ordenó.

Santiago, que aún se aferraba a la mano de su abuela, levantó el rostro empapado en lágrimas.

Al encontrarse con los ojos fríos y seguros de Kiara, el llanto se le cortó de golpe en la garganta.

Mientras trabajaba, su voz sonó afilada como el hielo:

—Los Benítez le inyectaron una sobredosis de neurotóxicos para provocarle un paro cardíaco. Querían destruirte emocionalmente para asegurarse de que fueras su marioneta.

—¡Esos malditos animales! —masculló Santiago, apretando los dientes con tanto odio que casi se los rompe, mirando el rostro ceniciento de su abuela—. Mi abuela es una mujer enferma... ¿Cómo pueden ser tan sanguinarios?

Todo para obligarlo a ceder.

Inyectarle una dosis mortal a una pobre anciana indefensa.

¡Eran peores que las bestias!

La velocidad con la que Kiara trabajaba era asombrosa.

Con tan solo tres agujas bien posicionadas, el milagro ocurrió.

El monitor, que apenas hace un momento amenazaba con apagarse por completo, comenzó a emitir pitidos regulares.

Primero el ritmo fue acelerado, pero a los pocos segundos, se estabilizó.

La respiración de la anciana, antes agónica, se volvió profunda y rítmica.

Aunque seguía pálida, ese color de muerte inminente había desaparecido por completo.

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