Sebastián se levantó mientras aplaudía con un ritmo pausado.
Llevó una mano a sus lentes con armazón dorado para ajustarlos. Su rostro mantenía ese aire elegante y refinado, e incluso su sonrisa parecía gentil.
Pero en el fondo de sus ojos ardía una locura incontrolable.
—La señorita Ibarra es verdaderamente leal, digna de ser mi presa favorita.
—Por una basura de clase baja como ella, te atreves a entrar sola en la boca del lobo.
—¿Acaso crees que no me atrevería a tocarte, o simplemente tienes demasiada confianza en ti misma?
Sebastián se pasó la lengua por los labios, mirándola con una fijeza sádica.
Al detallar ese rostro tan deslumbrante, su excitación se disparó.
—No sé si aplaudir tu valentía o reírme de tu estupidez.
Kiara se plantó firme frente a él.
Le echó un rápido vistazo a Rosana y, al confirmar que solo estaba aterrorizada y con algunos rasguños superficiales, sintió un ligero alivio.
Con tal de que estuviera viva, todo estaría bien.
Luego, fijó su mirada fría e implacable en Sebastián.
—Ya estoy aquí.
—Suéltala.
Su tono fue plano, desprovisto de cualquier emoción.
Esa actitud imperturbable era exactamente lo opuesto a lo que Sebastián esperaba ver.
¡No debía ser así!
¡No era así como funcionaba!
En este momento, Kiara debía estar llorando, rogando por piedad, arrodillándose ante él para suplicar por la vida de su amiga.
¿Cómo podía estar tan tranquila? ¿Tan dueña de la situación?
Sebastián apretó el mango de su navaja y soltó una risa siniestra y rasposa.
—¿Soltarla?
—Parece que aún no entiendes en qué posición estás.
—¡Ahora eres tú la que debe suplicarme, no yo a ti!
La mirada de Sebastián se volvió aún más desquiciada. Con el rostro retorcido por el sadismo, escupió cada palabra:

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