—Catrina Castillo. Orden de deportación inmediata —dijo el hombre encapuchado, con las siglas de agente de migración en su uniforme.
¿Cómo…? ¿Qué hacía un agente de migración en mi hogar?
Después de tantos años escondiéndome de ellos, desde mi adolescencia, habían dado con mi ubicación.
La lluvia torrencial golpeaba las ventanas, evitando que se escucharán los latidos acelerados de mi corazón.
—No, debe haber un error. Yo tengo… —El labio inferior me tembló, siendo consciente de que era mentira.
No tenía nada. Mi padre y yo habíamos entrado a este país de manera ilegal hace tres años, buscando escapar de la pobreza y los carteles. Nos hemos dedicado a trabajar honradamente, sin molestar a nadie.
—Nada —Completó por mí—. Eres una ilegal.
Sus manos gruesas sujetaron mis brazos antes de que pudiera reaccionar.
—¡No, suélteme! ¡Mi novio es Connor Ronchester, el heredero de la fortuna Ronchester! ¡Él puede arreglar esto! —grité, forcejeando.
No podía dejar que me llevarán, que me arrancarán todos los sueños que he tejido. Abandonar a mi padre, quién se encontraba realizando un turno nocturno en su trabajo, afortunadamente. Y Connor… Pensaría que lo abandoné.
—Que chica tan ilusa —Soltó una risa baja, cargada de burla—. ¿Crees que no lo sé? Fue el propio Ronchester quien me dio tu dirección. Y me pagó muy, muy bien para que te llevara de vuelta a tu país sin que quedara rastro. Un trabajo limpio.
Dejé de resistirme. Sus palabras me paralizaron por un segundo, pero entré en razón rápidamente. Connor jamás sería capaz de hacerme eso. Nos amamos.
—Mentira —dije con seguridad.
Con un movimiento brusco, sacó su teléfono. Una pantalla brillante me cegó. Allí, un comprobante de transferencia bancaria. Cuenta origen: Connor J. Ronchester. Beneficiario: Departamento de Control Migratorio (consulta confidencial). Cantidad: una cifra con tantos ceros que me dolió mirarla. Fecha: Hoy.
Cada dígito era una puñalada. Cada cero. Sentía que sangraba por dentro.
—No… —susurré, negando con la cabeza.
Mi mente quedó en blanco y él aprovechó la oportunidad para darme la vuelta, colocando mis manos en la espalda. Pude escuchar como abría las esposas. El metal frío rozó mis muñecas. Y fue como un interruptor.
Con toda la fuerza que mi desesperación permitió, lancé mi cabeza hacía atrás. Mi cráneo impactó contra su nariz y escuché un crujido, seguido de un grito ahogado.
Su agarre se debilitó y no lo pensé dos veces. Corrí.
Salí de mi hogar, siendo recibidas por las furiosas gotas de agua. No me detuve. Lo único que pasaba por mi mente era la libertad que me querían arrebatar y Connor, el hombre del que estaba perdidamente enamorada y se intentó deshacer de mí.
Mis pies me guiaron a una dirección exacta: La mansión Ronchester.
Llegué, empapada, con los dientes castañeando, el frío filtrándose por mis huesos y el corazón a punto de salirse por mi garganta. Las luces y la música se adueñaron de mis sentidos. Al poner un pie en el gran salón, todo se detuvo. Las risas, el choque de copas. Más de dos docenas de pares de ojos cayeron sobre mí. Invitados al cumpleaños del señor Edmundo Ronchester, el padre de mi novio. Mismo cumpleaños al que no fui invitada porque no me aceptaban en la familia. Pero Connor estaba trabajando en ello… o eso pensé.
Ignorando a aquellos que me juzgaban, atravesé el salón, buscando al hombre que me robó el corazón hace un año, cuando apenas tenía dieciocho, y quién me lo acababa de destruir.
Necesitaba verlo, que me lo dijera a la cara, que terminara de romper lo que estaba construyendo.
Y lo vi, al joven pelirrojo de veintiún años. Junto a la chimenea, apartado, con una copa de whisky en la mano y esa expresión pensativa que creía conocer. Nuestras miradas se encontraron a través del salón. Su rostro pasó de la sorpresa a la preocupación genuina, y por un segundo, el comprobante en mi mente vaciló.
—Catrina —dijo mi nombre al acercarse, y sonó tan real, tan lleno de esa calidez que me había hechizado.
Estuve a punto de caer, de creer en su farsa, pero las palabras del agente abrumaron mi mente, los ceros en la pantalla. La traición me quemaba al punto de consumirme.
—¿Cómo pudiste? —La voz me temblaba, ahogándome con las palabras—. Me vendiste. Le pagaste a ese hombre para que me desapareciera.
Frunció el ceño, confundido.
—¿De qué estás hablando? No, Catrina, escucha…
—¡Lo vi, Connor! ¡Vi tu nombre en la transferencia! ¡Le pagaste hoy para que me deportara! —grité, sin importarme los estirados millonarios a mi alrededor.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inseminada por mi enemigo