Punto de vista de Avery
—¿Pedir perdón? —mi voz subió de tono al final de la pregunta. No pude evitarlo. La sola idea de disculparme con Dierdra era insultante. No cuando sabía lo que ella era en realidad.
Gideon me observaba por encima de sus dedos entrelazados. Su mirada calculadora analizaba mi reacción. No había rastro de misericordia en esa estampa. Aun así, tenía que intentarlo. En algún momento pareció tenerme afecto; quizá quedaba un rastro de eso en él, bajo ese intimidante exterior de Alfa.
—Juraré por cualquier voto que elijas —supliqué, cayendo de rodillas frente a su escritorio—. Te juro que lo que he dicho es la verdad. ¡No me disculparé, no puedo hacerlo, con esa perra por el escenario que ha fabricado para engañarte!
Gideon se levantó de su silla tan rápido que esta se volcó y cayó detrás de él con un estruendo. Temblé cuando rodeó el escritorio para agarrar mis manos alzadas y retorcerlas dolorosamente.
—¡¿Me hablas de votos?! —gruñó en mi oído—. ¿Qué sabes tú de promesas hechas y cumplidas?
—¡Sé lo que nos dijimos! —sollocé, furiosa—. ¡Cuando nos paramos frente a la manada y juramos por colmillo, garra y lobo que nos uniríamos el uno al otro! ¡Eso significaba algo, Gideon!
Me soltó como si se hubiera quemado y me empujó, con los ojos ardiendo como brasas en su rostro. Hizo una mueca como si yo lo hubiera golpeado.
—Sí —escupió las palabras—. Lo recuerdo.
Retrocedí a gatas hasta que mi espalda chocó con la silla detrás de mí, con los talones arañando la alfombra mientras lo miraba con aire desafiante.
—¡No prometí quedarme de brazos cruzados viendo cómo una falsa compañera intenta separarme de mi deber hacia ti y hacia esta manada! —grité, frustrada y aterrorizada de estar cavando mi propia tumba—. ¡Debes rechazarla, Gideon! ¡Debes decirle a la manada que ella no es tu compañera!
—¡Tú no le exiges nada a tu Alfa! —Gideon se irguió cuan largo era, mirándome a sus pies con desdén—. No escucharé más tus delirios irracionales. Si no te disculpas con Dierdra en este instante, consideraré nuestro contrato nulo y me lavaré las manos respecto a tu destino y al de tu madre para siempre.
Incliné la cabeza mientras las lágrimas corrían por mi rostro. Él no me escucharía. Dierdra había endurecido su corazón contra mí y había convertido a este macho, al que yo respetaba, en mi enemigo. ¿Qué podía hacer ahora? Si él anulaba nuestro contrato, mi madre quedaría para siempre en las garras de Zara, ¿y quién sabía lo que el Rey Renegado haría con ella? Él seguiría intentando controlarme y yo ya no contaría con la protección de Gideon.
No tenía elección alguna.
Con voz inerte, entoné:
—Está bien.
—Bien —gruñó Gideon—. La primera elección sabia que has hecho en mucho tiempo, Luna.
Se agachó y me agarró del brazo, obligándome a ponerme en pie. Su chaqueta resbaló de mis hombros y me estremecí en la oficina fría, con los dientes castañeando por la adrenalina y el frío.
—Arriba —me instó, y me sacó a rastras de su oficina para subirme por el tramo de escaleras hacia los dormitorios.
Cuando abrió de un empujón la puerta de su habitación y me lanzó dentro, tropecé. Solo su firme agarre en mi brazo me mantuvo erguida. Dierdra había estado descansando en la cama, pero ante nuestra entrada se incorporó con un interés excitado. Su mirada se posó en mí con un deleite mal disfrazado.
—La Luna ha venido a pedir perdón —gruñó Gideon, empujándome hacia adelante.
No encontraba las palabras. Sentía la lengua pegada al paladar.
Él apretó la mandíbula, pero su mano salió disparada para enredarse en mi cabello y girar mi rostro de nuevo hacia Dierdra.
—Debe sonar como si lo dijera en serio —ordenó Dierdra—. Realmente, Gideon, ha sido tan horrible conmigo. Creo que deberías exiliarla de la manada.
La mano de Gideon era un peso duro en la base de mi cráneo. Algún día, me prometí, sería tan fuerte e inamovible como él. Pero hoy no era ese día.
—Te pido perdón, Dierdra, por cualquier daño que te haya causado —esta vez mantuve la voz firme y hablé con claridad para que mi disculpa resonara en la habitación.
Afiancé los pies bajo mi cuerpo y me levanté, apartando lentamente los dedos de Gideon. Él me soltó, frunciendo el ceño, pero no me obligó a repetirlo.
[No me romperás,] pensé, fulminándolo con la mirada. Por un momento, sus ojos se agrandaron; luego se hizo a un lado y me dejó avanzar hacia la puerta.
—¿Qué más vas a hacerle, Gideon? —se quejó Dierdra—. Me duele mucho la pierna, y ella realmente ha sido una Luna terrible.
Cerré la puerta detrás de mí sobre el murmullo de la respuesta de Gideon. Nada de lo que pudiera hacerme sería peor de lo que ya me había exigido. Entumecida, tropecé hasta entrar en mi propia habitación y me desplomé en la cama. Mi cuerpo vibraba de rabia y tristeza. Hundí las manos en la almohada y enterré el rostro en ella para gritar.
Las suaves plumas amortiguaron mi furia. Cuando terminé, me sentía exhausta, pero ya no sentía que fuera a explotar. Había hecho lo que debía, por mi madre y por mi propia supervivencia. Odiaba que esta fuera la última de una larga cadena de experiencias terribles que había soportado, pero Dierdra aún no me había vencido.
Sollocé en la oscuridad y abracé mi almohada. Aquí, en las sombras, me permitiría sentir, me permitiría llorar y sentirme vulnerable y débil, pero mañana volvería a convertirme en hierro y hielo. Al amanecer me levantaría y empezaría todo de nuevo.
Sería la mejor Luna que la manada Lobo Nocturno hubiera conocido jamás. Se los demostraría a todos.

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