—¿Avanzar? —entorné los ojos para mirar a lo largo de este pasillo, que estaba tan tenuemente iluminado como los de abajo. Supuse que la mayoría de los lobos eran bastante buenos para ver en la oscuridad, así que tal vez estaban tratando de ahorrar en costos de velas.
Di otro paso hacia adelante y las paredes nadaron desconcertantemente; descubrí que me estaba apoyando con bastante fuerza contra Reynaud, en un intento por no caerme.
—Yo, ah... parece que tengo un poco de problemas... —titubeé.
—¿Quizás necesitas sentarte? —sentí las manos de Reynaud en mis hombros, guiándome hacia un nicho con cortinas cercano—. Para recuperar el sentido y todo eso.
—Sí, eso suena bien —su sugerencia era tan servicial que le sonreí radiante y vi cómo su apuesto rostro se abría en una sonrisa a juego.
Me descubrí fijándome en sus ojos. Eran de ese verde brillante, pero en las sombras del nicho, lucían extrañamente muertos y planos.
—¡Tus ojos! —mascullé—. Tus ojos están muertos.
—¿Qué? —Reynaud se congeló en el acto de sentarse en el asiento junto a mí.
—Sí, tus ojos no brillan —una parte de mí se dio cuenta de que estaba diciendo tonterías, pero de alguna manera no parecía capaz de detenerme—. ¿Por qué es eso? ¿Qué te pasó?
Él pareció alejarse de mí entonces y me di cuenta de que había dicho algo grosero.
—Oh, Diosa, no sé qué estoy diciendo —me reí de mí misma, y luego me reí de lo absurdo que era que me estuviera riendo. Reynaud no se rió, sin embargo. Parecía estar mirando hacia la oscuridad.
—Yo... necesito ir a comprobar algo —murmuró—. Quédate sentada aquí hasta que te sientas mejor.
—¡Oh! ¡Tienes que irte! —gorgoriteé de nuevo, a pesar de que no tenía ninguna gracia—. Bueno, estaré aquí.
Cerré los ojos y me apoyé contra el sofá detrás de mí. Escuché que las cortinas a nuestro alrededor se cerraban por completo, y luego escuché que alguien entraba.
—¡Volviste! —sonreí y extendí mis brazos—. Pensé que me estabas dejando para siempre.

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