Mariano se volteó y le preguntó al jefe de seguridad:
—¿Dónde la encontraron?
—El sistema de reconocimiento facial la detectó por la salida de llegadas —respondió el jefe de seguridad sin perder tiempo.
Mariano entró al privado y asintió con la cabeza hacia el Director Benítez.
—Disculpe, tengo que regresar al aeropuerto por un asunto urgente. Más tarde vendré a visitarlo.
El Director Benítez notó la actitud distante de Mariano, ese aire impasible que no dejaba lugar a la cordialidad. Sin embargo, por consideración a Betina, prefirió no decir nada.
Mariano salió del lugar con paso firme y decidido.
Betina fue tras él, apresurada.
—¡Espérame, Mariano!
...
—Disculpe, Ministra Begoña —el Director Benítez entró al privado contiguo y, resignado, ofreció una disculpa—. Esta sobrina mía a veces se pasa de impulsiva.
—No pasa nada —respondió Begoña, bajando la mirada mientras sus manos, caídas a los costados, se apretaban ligeramente—. Director Benítez, usted ya conoce mi situación. Le pido, por favor, que lo mantenga en secreto, pase lo que pase.
—Por supuesto —respondió el director, con evidente incomodidad—. De ahora en adelante, yo mismo me encargaré del transporte. Nadie más tendrá acceso a usted.
—El hotel que le asigné está registrado a nombre de mi esposa. Puede estar tranquila, nadie sabrá dónde está usted alojada.
—Perfecto. En cuanto regrese, le mando el plan por correo. Revíselo, y si encuentra algún detalle, lo ajusto de inmediato. Si todo está bien, pondré en marcha el sistema y ejecutaremos la operación de captura.
—De acuerdo. El carro está en la puerta trasera, la acompaño.
—No hace falta, que el chofer me lleve —dijo Begoña, sonriendo al tomar el portafolio que Sandra le alcanzó. Siguió al chofer hacia la salida.
Ya fuera, Sandra, su asistente, murmuró cerca de su oído:
—¿Desde cuándo la sobrina del director puede andar por la vida tan altanera? Sabía que estábamos adentro y aun así irrumpió como si nada.
—Por suerte no la encontró usted, ministra.
Begoña sonrió con resignación.
—Juro que acabo de verla aquí…
Se frotó los ojos, incrédulo, y su expresión se llenó de angustia mientras miraba a Mariano.
—Se lo prometo, señor Mariano, hace un segundo estaba ahí. Pero ahora, en la grabación, solo aparece la joven.
Desesperado, buscó apoyo en los guardias que lo acompañaban.
—Ustedes lo vieron, ¿verdad?
Los guardias, al notar la mirada sombría y cargada de enojo de Mariano, ni se atrevieron a contestar.
A veces, es peor tener una pista falsa que no tener ninguna.
La esperanza que acababa de encenderse en el pecho de Mariano se apagó de golpe. Tres años de lo mismo, una y otra vez… ¿Quién aguanta algo así?
Mariano, con la mirada oscura y profunda, pasó los dedos sobre el letrero con el nombre de su esposa.
Recordó que en Nueva Almería ya le había sucedido algo parecido. En los videos de vigilancia, la figura de su esposa desaparecía, como si se desvaneciera en el aire. Como si nunca hubiera estado ahí.

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