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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 200

La mirada de Mariano se apagó un instante, pero de inmediato la imagen de su esposa, con esa sonrisa tan llena de vida, volvió a aparecer en su mente. No tenía duda: la encontraría, pasara lo que pasara.

Apenas puso un pie fuera del edificio, se topó con Betina.

Betina llevaba un regalo en las manos.

—¿Vas a ver al director Benítez? Espérame tantito, solo le dejo este regalo a mi cuñada y te acompaño.

—¿Tu cuñada vive aquí?

—Sí, justo al lado de tu departamento.

Ayer, en la familia Pascual, cuando estuvo a punto de ver a Bego, alcanzó a oír a unos cuantos hablando sobre una boda.

Los ojos de Mariano se oscurecieron más, evitando la mirada de Betina y fijando la vista en la puerta de al lado.

Recordó la silueta delgada que había visto anoche, recortada por la cortina.

Betina tocó la puerta. Al poco, alguien la entreabrió.

—¿Eh? ¡No eres mi cuñada!

—La persona que se hospedó aquí ya se fue —respondió el nuevo inquilino.

—Señorita Betina, ¿por qué no le marcas a tu cuñada? —sugirió el jefe de seguridad.

—Ya quisiera, pero ni su número tengo —contestó Betina, con el ceño arrugado—. Ni tampoco tengo cómo contactar a mi hermano. Solo nos llaman cuando quieren; si les llamamos nosotros, seguro nos bloquean.

En ese momento, el inquilino sacó algo de la habitación.

—¿Esto es de tu cuñada? Se le quedó aquí.

Era un llavero de acrílico con la foto de un niño pequeño, de unos dos años, con una mirada tan inocente que enternecía a cualquiera.

Mariano también observó el llavero. El niño tenía unos ojos bonitos y, a primera vista, se parecía un poco a Agustín.

Betina tomó el llavero y lo acarició distraída.

—¿Por qué tendrá mi cuñada la foto de un niño en su llavero, si ni siquiera han hecho la boda?

Al oír eso, Mariano prefirió no darle vueltas al asunto. Después de todo, los niños pequeños suelen parecerse unos a otros.

—Bueno, ya ni modo. Cuando mi hermano me contacte, le doy el regalo a mi cuñada —dijo Betina, restándole importancia—. Ahora lo importante eres tú, Mariano. Vamos juntos con el director Benítez, sin falta hoy le voy a sacar información sobre la isla del Pacífico.

Mariano asintió y se dirigieron al edificio del gobierno.

...

Betina soltó un suspiro.

—Ah, con razón.

—Cuñada, fui al hotel y ya no te encontré. Mi mamá me pidió que te trajera esto. Ayer saliste tan rápido que se te olvidó —Betina abrió la caja y sacó una pulsera de jade. Sin darle tiempo a Begoña de reaccionar, se la puso en la muñeca.

—¿No es esa la reliquia de la familia Pascual? Una vez puesta, ya no te la puedes quitar —comentó el director Benítez, con una sonrisa.

—Así es —respondió Betina, sonriendo con picardía—. Cuñada, hoy después del trabajo vente conmigo a la casa. Mi mamá quiere platicar contigo sobre la boda con mi hermano. ¿Te gustaría algo más tradicional o prefieres algo más occidental?

A juzgar por lo tarde que llegó anoche, Benítez seguro ni había tenido tiempo de explicarle nada a la familia.

—Mejor pregúntale a tu hermano...

—Si esperamos a que él vuelva, no nos va a dar tiempo de nada. Cuñada, ven conmigo, porfa. Mis papás quieren saber dónde van a vivir después de la boda, y también quieren hablar del regalo de boda —insistió Betina, aferrándose al brazo de Begoña—. Además, falta lo del dinero del regalo...

—Déjame le llamo a tu hermano primero.

Ahora sí que hasta el tema del regalo de bodas salió a relucir...

La verdad, parecía que ya estaban casados de verdad.

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