—¡Doctor!
Mariano avanzó a toda prisa, levantó a Begoña en brazos y salió corriendo de la habitación, gritando en dirección a la estación de enfermeras:
—¡Ayúdenme, por favor, salven a mi esposa!
El personal médico, visiblemente alterado, lo guio rápidamente mientras él abrazaba a Begoña, entrando de inmediato al quirófano.
Dentro, las voces de los médicos y enfermeros se entrelazaban con nerviosismo.
—Está teniendo una hemorragia fuerte, necesitamos operar ya.
—Listo el anestesiólogo.
—Señor Mariano, debe salir de aquí, ¡ahora!
La conciencia de Begoña se iba desvaneciendo poco a poco. El dolor en el vientre le atravesaba como una daga, y en ese instante le vino a la memoria el momento en que perdió a Renata; era la misma sensación. Entre lágrimas, que no dejaban de caer de sus ojos enrojecidos, buscó a Mariano.
Atrapó la mano de Mariano con la poca fuerza que le quedaba. Ella jamás le había pedido nada, pero esta vez…
—Te lo suplico, salva a nuestra hija. No me hagas pasar otra vez por ese dolor, Mariano.
Apenas terminó de decirlo, la oscuridad la envolvió. El anestésico ya recorría su cuerpo, cerró los ojos y su mano se soltó de la de Mariano.
Aun así, pudo escuchar todo.
—Señor Mariano, tranquilícese. Vamos a hacer todo lo posible por salvarlas a las dos —dijo el doctor Segovia, intentando calmarlo—. Salga, por favor, no podemos retrasar la cirugía.
Mariano, con el ceño endurecido y la mirada cortante, se mantuvo mirando a Begoña por un largo momento. Sus manos tensas junto al cuerpo, y su voz, seca y firme, retumbó en el quirófano:
—No. Que quiten al bebé, pero salven a mi esposa a toda costa.
—Pero… la señora pidió…
El doctor Segovia vaciló. Sabía que lo correcto era respetar la voluntad de la paciente.
—Soy su esposo, su único tutor legal. Tengo derecho a decidir lo que sea mejor para ella —Mariano espetó, mirando a la inconsciente Begoña. No se sabía si trataba de convencerse a sí mismo o al doctor.
Nunca había sentido la necesidad de justificar sus decisiones ante nadie.
En ese instante, Begoña, al escuchar semejante sentencia, ya no pudo más con el dolor que le partía el alma y perdió el conocimiento.
—¡Hagan lo que les digo! —ordenó Mariano, con un tono tan cortante que el aire se tensó—. Quiero que mi esposa salga de aquí sin un solo rasguño. Si no, olvídense de trabajar en Nueva Almería.
El doctor Segovia se rindió, igual que el resto del equipo médico.
—Pero ella no me creyó, insistió en que yo quería seducirte, y terminó empujándome por las escaleras.
Rosario notó cómo el gesto de Mariano se volvía aún más duro y en el fondo, no pudo evitar sonreír satisfecha.
Él siempre había sido distante con ella, pero sabía cuánto le importaba el bebé que llevaba en el vientre.
Aunque le dolía, en ese momento no podía hacer nada más que resignarse. Total, Begoña le había quitado a su hijo, así que Mariano, aunque no se divorciara de inmediato, seguramente ya nunca volvería a mirar igual a Begoña, ni mucho menos a tocarla.
Solo necesitaba una oportunidad más para deshacerse del bebé de Begoña y entonces, ella jamás podría tener un hijo de la familia Guzmán.
Si lograba embarazarse de nuevo una o dos veces, todo lo de Mariano y la familia Guzmán sería suyo.
Y lo más importante: podría tener a Begoña siempre bajo su pie, humillada.
—No digas tonterías, Rosa —susurró Maribel, notando el semblante cada vez más sombrío de Mariano y jalando la ropa de Rosario con nerviosismo.
Pero Rosario la ignoró y sacudió su mano.
¿Pero qué le pasaba a su mamá? Siempre que hablaban de Noemí y Begoña, quería que les fuera mal, y ahora que se presentaba esta oportunidad—con el precio de su bebé perdido—no la estaba aprovechando. De plano, entre más vieja, más despistada.
—Mariano —susurró Rosario, mirándolo con ojos suplicantes—, no te enojes con Begoña. Yo puedo darte más hijos.

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