Al oír que nunca la había tocado, la Señora Romano entendió el mensaje al instante. Su rostro pasó por toda la gama de colores, pero al final del día era su hijo; no iba a decirle nada más al respecto.
Pero, pase lo que pase, el hijo de la familia Romano debía salvarse.
La Señora Romano recapacitó y cedió un poco en su postura:
—¡Entonces, primero hagamos una prueba de ADN! Si descubrimos que no es hijo tuyo, lo puedes abortar sin problema. ¡Pero si lo es, lo volveremos a discutir!
Con ese paso atrás que dio su madre, a Manuel no le quedó de otra que aceptar el trato por el momento.
Los resultados estarían listos al día siguiente. El médico le garantizó que le informaría en cuanto los tuvieran.
Al estar en un hospital privado propiedad de los Romano, era prácticamente imposible que Esther pudiera manipular la prueba de paternidad.
Justo cuando estaban a punto de marcharse, la Señora Romano se acordó repentinamente del esposo de Paola —aquella criada que perdió su capacidad para tener hijos por una herida de cuchillo— y sintió una punzada de preocupación en el pecho.
Agarró a Manuel del brazo, apartándolo de Esther, y bajó la voz a un susurro:
—Manuel. Quiero que te hagas un examen... sobre tu fertilidad. Hazle caso a tu madre, solo para quedarnos tranquilos.
El rostro de Manuel se nubló, y la impaciencia rebosó en su respuesta:
—Mamá, ¿todavía no ha armado suficiente escándalo? ¿Acaso cree que no conozco mi propio cuerpo?
—Ya estamos aquí, hijo. No pierdes nada con revisarte, ¡hazme caso!
Manuel no pudo ganarle la batalla de voluntad a su madre, y como de todos modos no era la gran cosa, terminó cediendo.
Aunque no estaba preocupado en lo absoluto.
Esa misma mañana, después de ese sueño tan absurdo y ardiente, se había desahogado a su antojo usando su mano derecha. Se había tomado toda una hora entera para ello. Su confianza en su propia hombría era absoluta. Su madre solo estaba siendo paranoica.
Aunque Esther no logró escuchar de qué estaban hablando, al ver que Manuel se dirigía hacia el consultorio de urología, esbozó una leve sonrisa.
Afuera del consultorio, la Señora Romano esperaba. Ella realmente no estaba tan angustiada, solo quería que se revisara "por si acaso".
Pero cuando vio a Manuel salir con una cara cadavérica, pasando de largo sin siquiera dirigirle una mirada, el corazón se le paralizó. A pesar de que ella corrió detrás de él y le gritó repetidas veces que se detuviera, Manuel no le hizo ni el menor caso.
Esa premonición espeluznante que sentía hace un momento, le estalló de golpe en la cara.
Decidió actuar rápido, se dio media vuelta con un enérgico pisotón al suelo y regresó a la oficina del doctor.
—¿Cuáles fueron los resultados?
El médico acababa de ser amenazado de muerte por Manuel, así que no se atrevería a abrir la boca.
—¡Dígame la verdad ahora mismo, o le juro que yo seré la encargada de hundirle la carrera, si no lo hace mi hijo primero! —bufó con furia la Señora Romano.
Viendo que no tenía salida, el doctor solo levantó el dedo y señaló discretamente al cesto de la basura, incapaz de decir una sola palabra.

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