¡Demonios! ¡Demonios! Ella tragó toda su descarga sin retroceder ni dudar. Kaleb estaba más allá de lo sorprendido y cada paso, cada instante de esta noche que avanzaba, hacía que las ganas de ella aumentaran.
Hacía poco rato había sopesado la posibilidad de dejarla en su casa y
marcharse para seguramente masturbarse con su recuerdo, y ahora estaba aquí, excitado y con todos sentidos alerta, haciendo realidad sus fantasías. Era vertiginoso. Era un privilegio disfrutar del cuerpo de esta mujer tan sensual como desconcertante, por momentos un ángel ingenuo y encantador, y de pronto una diablilla sexy y hambrienta de sus caricias y su
tacto.
Respiró hondo, buscando recuperar su proverbial calma, mientras
desataba los pañuelos y acariciaba las muñecas y tobillos de la hermosa
hembra que se estiraba con morosidad, como una gatita sexy y saciada.
Su virilidad necesitaba recuperarse de la enorme explosión que había
expulsado, y que ella había recibido en su boca y engullido sin dificultad
o asco. Un rayo de excitación lo atravesó al considerarlo. Se maldijo por haberse perdido la imagen, pero había estado sepultado en su centro,
comiéndolo como si no hubiera mañana.
<<Nahh, ver ese centro vibrar y sacudirse excitado es igual de
bueno>>, consideró. Observó su boca hinchada y húmeda y volvió a
sacudirse con la imagen erótica. Era abrumadora y su inagotable fantasía
comenzó a funcionar. No pasaría mucho para estar otra vez listo.
Era absurdo creer que una sola noche bastaría, y esta era la prueba
fehaciente. La innata sensualidad de Casie, hasta ahora dormida, hacía que
aceptara el juego apasionado sin mayores dificultades y la dinámica era fluida, intensa, erótica. Solo se había negado a la caricia de su lengua en la parte trasera y podía entenderlo. Era una zona que muchos preservaban.
Pero no lo descartaba a largo plazo, pensó con cierta perversidad. La
facilidad con la que ella había aceptado las ataduras era prometedora y le hizo
morder el labio inferior. Excitante era poco. La imaginó en su habitación del
placer, en su cruz o sobre la cama de satén negro, con restricciones un poco
más tensas, abierta y dispuesta. Una fantasía que no parecía tan imposible y lejana.
Sacudió la cabeza y se concentró en el presente, recostándose a su
lado, atrayéndola contra su pecho, sus pieles en absoluto contacto, su
Masculinidad semi erecto contra su espalda, una de sus piernas sobre las de ella, su brazo sobre sus senos, jugando distraídamente con sus pezones. Algo que no
recordaba haber hecho antes, pero que pareció natural con ella.
—Fue maravilloso—dijo ella, en tono bajo, la voz algo ronca.
No dudó que la forma en que le había follado la boca le pasaría factura a su garganta.
—Lo fue—respondió, incorporando su cabeza para besar el espacio
detrás de su oreja.
—Tú debes estar habituado, pero para mí...
Claro que él tenía mucha, mucha experiencia sexual, pero la verdad
era que las emociones y sensaciones que el sexo con ella le trajeron se
alejaban de lo habitual. Todo parecía potenciado, cada detalle, y eso si bien
era exhilarante, también lo desconcertaba un tanto.
No quería dejarse llevar, no más allá de lo que la razón y la urgencia
física le planteaban, pero no era fácil. La abrumadora sensación de éxtasis
que lo sacudió al correrse había sido increíble, y para nada similar a otra que hubiera sentido antes.
—Fue más allá de intenso, Casie y recién comenzamos.
—Habrá más.
—Mucho, mucho más, nena.
Ella suspiró y él sonrió.
—Bien.
La breve acotación fue seguida del silencio y pronto la respiración
acompasada le hizo ver que la bella gatita se había dormido. Él mismo se
dejó ganar por la serenidad y el abandono. Cuando despertó y consultó la hora, notó con sorpresa que habían pasado casi dos horas. Era la primera vez que se quedaba dormido en la casa de una mujer.
Su política habitual eran los polvos rápidos y sin muchos
prolegómenos, normalmente en lugares neutrales, habitaciones de hotel o, cuando la oportunidad se presentaba o la urgencia era demasiada, el baño de
algún restaurante o local. O, por supuesto, en el club cuando satisfacía la buena conducta de sus sumisas.
Esto era nuevo, pero no lo inquietó.
Observó a Casie, que dormía boca arriba, su cabello desparramado
como el manto de una diosa sobre la almohada, su cuerpo bello y sexy
expuesto. Una visión de excepción, que le hizo la boca agua y bloqueó todo pensamiento. Se incorporó y se deslizó para quedar entre sus piernas y decidió que era hora de despertarla.
Abrió su centro con dos dedos y rozó, lenta y rítmicamente su índice
sobre su núcleo, observando a corta distancia como ese pequeño nudo de
nervios parecía hincharse y vibrar. El suave gemido mostró que ella era
invadida por placenteras sensaciones, aún dormida. Incentivó el ataque e

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