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La esposa secreta del CEO romance Capítulo 199

Cerró la puerta luego de despedir con un largo beso a su voraz amante, y posó su espalda contra la madera, deslizándose hacia abajo hasta

quedar sentada, pensativa y sin poder creer la vorágine que había sido su vida las últimas quince horas.

En ese corto lapso había atravesado por situaciones novedosas, tan

intensas que apenas si podía procesarlas. Y no quería hacerlo, no quería pensar demasiado porque sabía que aflorarían las inhibiciones que naturalmente provenían de años de reglas estrictas o de sometimiento.

No quería contaminar con arrepentimiento lo que había disfrutado tan inmensamente. Había sido perfecto, no cambiaría ni uno de los momentos. La cita en sí misma había sido hermosa: el lugar, la comida, la charla, la atención

de Kaleb, su caballerosidad, su gentileza. Wooow. ¿Y qué decir del sexo? Se estremeció. Temblar, tartamudear, sudar, enrojecer eran las respuestas habituales de su cuerpo en relación a ese hombre, pero esa noche la situación había escalado. No había un lugar que él no hubiera explorado, que no hubiera acariciado, besado o follado. La había

hecho suya de varias maneras, incluso impensadas.

Claro estaba que ella era tan pacata, tan poco experimentada, que todo

constituía novedad. Había tenido una cita completa por vez primera y había

tenido sexo del mejor con uno de los hombres más sexis y disputados de Los Ángeles. Muchas matarían por estar en su lugar y seguramente lo podrían satisfacer mejor que ella.

Él, no obstante, se había mostrado saciado, le dijo que la había pasado

bien. Suspiró, aún incrédula, su corazón saltando en el pecho, feliz,

asombrada. Él era intenso, netamente sexual, dominante.

Eso se había manifestado en la cama, pero había adorado cada una de esas facetas porque, así como la había hecho sentir deseada y había

despertado sensaciones desconocidas, así como la había hecho saborearlo y

complacerlo, se había preocupado en todo instante de sus sentimientos y de

sus necesidades.

Su instinto había estado acertado al confiar en él, no había abusado

del poder que le había entregado. La había introducido a varias formas del

sexo, sin dudas. Había sido como una acelerada lección de anatomía y de

Kama Sutra juntas, tocando lugares obviamente erógenos por definición y

otros que no imaginaba.

Que su lóbulo, su nuca, el arco de su pie y la parte posterior de sus

muslos eran zonas que adecuadamente acariciadas y besadas le dieran tanto placer había sido un descubrimiento producto de su exploración. En verdad

no debería pasar que, a su edad, prácticamente llegando a la tercera década, nadie las hubiera descubierto para ellas antes.

No lo lamentaba, de todas formas. Esto se daba en el momento y con

la persona que debía hacerse. Tembló de pavor al imaginar que su ex le

hubiera exigido o la hubiera obligado a hacer algo como lo que había

entregado con placer a Kaleb la pasada noche. No podía imaginarse confiada, anhelante y entregada a Richard, como sí lo había hecho con Kaleb.

Era tan relativo el tiempo. Su matrimonio de diez años había sido un fracaso, una mezcla de pesares, dolor y sometimiento en el que el sexo había sido poco y usado como castigo. En poco más de veinte días que conocía a Kaleb este la tocaba como un talentoso músico a un fino instrumento, haciéndola sentir así sensual, vibrante, viva.

Él había prometido que habría mucho más. Se incorporó y se dirigió a

la cocina. Necesitaba café. Se pregunto qué otras experiencias él tendría en mente. Repetir las vividas sería maravilloso. Podría hacerlo de aquí a la eternidad, sonrió. Escucharle decir que habría nuevas oportunidades había aliviado a su corazón. Suspiró.

Casie sabía que caminaba por una fina cornisa, subida a una ola frenética en la que el sexo parecía ser el dominante, pero que no estaba

exento de emociones y de algunos anhelos que no debían hacer nido,

expectativas que tenía que domar.

Tan caballero, delicioso compañero de lecho y propiciador de orgasmos como era Kaleb, lo suyo no eran las relaciones ni la permanencia.

Lo sabía, lo había visto en las noticias sociales, siempre del brazo con una

distinta. Él mismo había bromeado que sus hermanos lo veían como un

playboy.

Probablemente la excitación que lo había llevado a tener un ligue con

ella nacía de la inexperiencia que percibía en Casie y el deseo de educarla, dicho esto en el buen sentido. Estaba bien, lo aceptaba, era una mujer adulta.

Una que debía entender que no podía comprometer nada más que su físico.

Era un difícil equilibrio a lograr, porque él era perfecto. El sueño de

cualquier mujer, salvo por el hecho de que parecía inasible.

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Encontrar a Jace en la puerta de su apartamento con su mejor cara

de fastidio no hizo mella en Kaleb, que tenía mucho por lo que estar

satisfecho y distendido.

—Hermano, siempre la alegría de la familia—bromeó, abriendo la

puerta, sabiendo que se colaría detrás—. ¿Que no tienes otra expresión que

no sea ese hosco gesto de tristeza?

—No recordaste que acordamos almorzar juntos hoy, ¿verdad?—

gruñó el otro—. ¿Vienes de una de tus juergas?

—Ah, Jace, siempre pensando y esperando lo mejor de mí.

—Sabes que no es así.

—No, no lo recordé, pero aquí estás tú para hacerlo y bien a tiempo.

¿Café?

—Sí. Estás de un buen humor superior al normal—señaló,

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