La gran cocina bullía de actividad y Casie miró a su alrededor, satisfecha. Este era su nuevo reducto, el nuevo local de Kelly´s Delicatessen,
que hoy se inauguraba a la prensa y proveedores. Era perfecto; un espacio amplio, con la maquinaria moderna y los espacios e implementos necesarios como para poder producir a mayor escala de lo que había hecho hasta entonces. Su sueño de convertir su pastelería en un negocio próspero se había vuelto realidad, con trabajo y determinación. Le enorgullecía que sus creaciones pasteleras, parte un legado familiar, fueran los dulces obligados de una parte de la sociedad de Los Ángeles.
Había atraído a una clientela amplia y variada a la que procuraba
abastecer de productos diferentes, tan sanos como se pudiera, además de
accesibles. La habilidad de Kaleb había llevado el proyecto a una escala
mayor, creando campañas sucesivas para potenciarlo. Él sabía que esta
empresa era su bebé y lo apoyaba con todo. Como hacía con ella. La ayuda de Marie, su hermana, que por fin se había establecido en la ciudad, se había vuelto invalorable, y le permitió delegar la tarea de la administración y finanzas, que detestaba.
Marie estaba evaluando qué hacer con su carrera de maestra. Le
gustaba el trabajo con los niños, mas siempre lo había sentido como una labor elegida por sus sobreprotectores y tradicionales padres. La contratación de personal hizo más fácil la expansión, pues Casie
confiaba plenamente en sus dirigidos. Laura, la segunda a cargo, estaba
plenamente imbuida del negocio, y ostentaba un don de mando que lograba que hasta el más laxo de los dependientes trabajara acorde.
Diez meses habían transcurrido desde los aciagos acontecimientos en los que Richard casi había logrado matarla, y con ella a sus sueños. Diez meses al lado del hombre más sexy, protector y dulcemente perverso con el que hubiera podido fantasear.
Había vivido en una montaña rusa emocional desde que lo conoció, pero salvo las dos semanas en las que creyó haberlo perdido definitivamente,
Kaleb había logrado que sintiera y viviera con intensidad.
Él era pasión irrestricta, experiencia y estímulos. Él fue quien insistió
en el cambio de local, buscando a sus espaldas hasta dar con este sitio
perfecto. No fue hasta que él la convenció de los beneficios de mudarse y le hizo prometer que le devolvería el dinero de la compra que aceptó la idea. Porque si él era persistente, ella era orgullosa.
Él era su amor y la derretía la forma en la que la miraba. Como ahora
mismo lo hacía, desde la entrada de la habitación, recorriéndola de pies a
cabeza con la misma intensidad, ternura y pasión que lo hacía cada noche.
—Deja esos productos, amor—avanzó hasta ella, modulando esa voz
que tanto la ponía—. Es momento de que estés conmigo y de que te
concentres en recibir las felicitaciones de los que han venido a agasajarte.
Eres la feliz propietaria y cara visible de esta empresa. Te quiero a mi lado, o mejor delante mío presentándote y haciéndote cargo de lo que creaste.
—De lo que creamos, amor.
Lo besó en los labios con suavidad, dejando que la envolviera por la
cintura y la apretara contra sí.
—Tan feliz como me hace tu crecimiento, no puedo esperar a que
todos se marchen para llevarte a nuestra casa, atarte y darte unas nalgadas.
Ella echó la cabeza atrás y rio, propinándole un golpe juguetón en el
hombro.
—Odiaría que te escuchara alguien y supusiera que me maltratas.
—Lo hago en el más dulce y perverso de los sentidos, y te encanta.
—Sin lugar a dudas y creo que te pasa lo mismo.
_ Así es—lo vio reacomodarse su virilidad sin disimulo y suspirar—. Anda, vamos.
—¿Tu familia llegó ya?
—Están todos. Bueno, menos mi madre, ya sabes—rodó los ojos—
Beatrice está con su mejor vestido y no para de probar masas. Vamos a tener que cuidarla del azúcar.
Ella asintió, mordiendo el labio. Kaleb adoraba a esa mujer hasta la
muerte. Todos los Monahan lo hacían. Ella también, era encantadora, protectora con ellos, paciente. Todos los hermanos habían comprometido su asistencia, Aidan incluido.
Sharon se había mostrado feliz de haber propiciado, de manera
inadvertida y lateral, el romance de Kaleb y ella.
El menor de los Monahan estaba haciendo los arreglos para mudarse a
Los Ángeles, pues su contrato con el equipo de hockey de la Costa Este
terminaba, y pretendía establecerse en uno local. Esto era una alegría para Regina, la mejor amiga de Sharon, para Violet, y también para ella. El encuentro que las mujeres hacían cada viernes la tenía como una más y ella se sentía totalmente imbuida en el espíritu de las mujeres Monahan.
—Milo, como de costumbre, no suelta a Brooke, como si tuviera el
cochecito pegado a su mano. Esa niña está comestible, y espero que mi
gruñón hermano no la transforme en una solitaria niña y adolescente en su
afán de protegerla.
—Regina no lo permitiría y sabes que exageras. Milo es absolutamente encantador.
—Fachada del bastardo—rio—. Nuestro principal himno a la alegría,
Jace, está desde hace una hora en un rincón, observando todo con su tradicional cara de vinagre.
Casie sonrió y meneó la cabeza. La dinámica entre Kaleb y Jace la
divertía, aunque el primero podía ser demasiado grosero con el más
emocional de los hermanos. Ella notaba la intensidad de Jace, la forma en que se restringía. Donde los otros eran extrovertidos y lanzados, él era
medido.
—Debes dejar de hostigarlo. No es para nada lo malhumorado que
sugieres. Es encantador y buen mozo. Las mujeres están constantemente
aleteando a su lado.
—Y a ninguna hace caso. Esa mujer que lo dejó le hizo trizas el

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa secreta del CEO