Estaban en la casa de playa de Santa Mónica, tal y como Kaleb lo
había prometido. Una mansión preciosa, un poco grande y lujosa para su gusto, aunque perfecta para unos días de intimidad de pareja. El entorno era fabuloso, ideal para relajarse y dejar estrés y pesadillas detrás.
¡Y vaya si lo estaban haciendo!
Habían compartido mimos y caricias
bajo el ardiente sol, en el agua deliciosa, rodando por la arena, caminando al atardecer disfrutando del ocaso. Como lo que eran: una pareja común y corriente de enamorados. Despojados de los pesos del pasado, concentrados en el presente perfecto. Las noches eran largas, íntimas, de charla, de compartir pensamientos y sentimientos, de conocerse, de explorarse. La de hoy en particular estaba siendo intensa, ya que por primera vez se entregaba a una técnica sexual ancestral y exótica.
Los ventanales abiertos permitían que se filtrara el aire nocturno y la
luz de las estrellas, plenamente visibles por lo despejado del cielo. El espacio y el clima complotaban para generar el ambiente justo para el amor y la pasión. Casie se erguía en el centro de la habitación, en la semi penumbra, como una escultura, artísticamente oprimida, exhibida como una pieza valiosa. Su amante la rodeaba con zancadas ansiosas y los ojos lujuriosos, sus dedos rozando su piel con reverencia. Ella se estremeció al sentir la firme presión de la cuerda que envolvía sus brazos, sus pechos, pelvis, glúteos. Cada una de sus curvas resaltaba con las amarras, generando un patrón hexagonal cuyo resultado final ella visualizó en el espejo.
Su cuerpo aparecía potenciado, su piel crema contrastando vivamente con el color amarronado de las ataduras. Una visión erótica y bonita, decidió. Esto era diferente a lo que lograban o buscaban las ataduras rústicas del bondage. Cuando Kaleb le propuso probar las ataduras Shibari, había despertado su curiosidad de inmediato. Ella no tenía idea de que existía esa técnica japonesa que unía sometimiento a estética y erotismo. Pero las imágenes y la convicción de él de que podía hacerlo sin dificultad, la llevaron a aceptarlo. Confiaba en él al máximo. No le daría ni le haría nada que no quisiera ni fuera capaz de afrontar. Claro que esa seguridad se había visto afectada cuando vio los ocho metros de cuerda de yute y el gesto concentrado y decidido de su pareja.
—Relájate, gatita. No es mi primera vez con esto, y te aseguro que me
he especializado—Le había guiñado un ojo—. No solo aprendí con los
mejores aquí, sino que asistí a algunos cursos en el mismo Japón.
—No haces nada a medias. No sé si me gusta saber que has probado
tantas cosas con otras mujeres—murmuró ella entonces.
—Mi pasado sexual no fue más que práctica. Meras pruebas para la
que de verdad me importa. Agradezco lo que aprendí, porque me permitió
estar preparado. Para ti —dijo, y besó brevemente sus labios.
La expectativa y la ansiedad por probar algo tan diferente ya tenían a
Casie en su límite, pero sus caricias hacían más; la transportaban y excitaban, la hacían vibrar. No importa cuántas veces se amaran, cada vez se sentía mejor. Habían tenido sexo hacía unas pocas horas, tendidos en la arena, desnudos. Mas era como si sus manos no pudieran despegarse mucho tiempo de sus cuerpos, deseosos de besarse, acariciarse y beberse. Las prácticas de dominación y ataduras no eran exclusivas ni dominantes en su vida sexual, sí la alimentaban y le daban variedad. Casiehabía temido que Kaleb fuera demasiado para ella, que se aburriera con rapidez y volviera al Club Belt en busca de desafíos y otras experiencias. Se lo dijo en una ocasión, con renuencia, cuando él la confrontó por su silencio. Recordaba sus palabras claramente, porque habían permitido que se relajara y su alma se alborozara por lo firme y dulce de su respuesta:
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En su lecho había espacio para besos suaves o fieros, para noches de
sexo húmedas y de gritos de placer, para instancias de control y sumisión.
Pero también había sitio para yacer juntos abrazados, para dormir haciendo cucharita, para mirar televisión. Hoy era noche de dominio y de probar el Shibari.
—¡Mira cómo luces, gatita!—La voz de Kaleb sonó casi estrangulada
—. Bella, increíble. Cada una de las ataduras resalta los sitios que estoy
ansioso por probar.
La mirada fija y honda denotaba el hambre que sentía. Ella tragó
saliva y se observó con mayor atención. En verdad el trazo estético que la cuerda dibujaba sobre su piel era casi hipnótico. La apretaba sin molestarla; por el contrario, la estimulaba. Él le había explicado que los nudos coincidían con muchos de los puntos de acupuntura. Esto eran más que meras ataduras para impedir el movimiento. Había toda
una dinámica asociada. Sus senos, su cintura, el triángulo de su centro, la curva de sus nalgas, aparecían osadamente elevados, expuestos orgullosamente para su amante.
Los tacones de aguja que le había obsequiado la hacían más alta y agregaban estilo y esbeltez.
—Me seduce tanto verte así, Casie. Eres poesía, arte puro.
—Me siento… relajada, casi transportada.
—Está funcionando, entonces. En su versión más extrema, puede
inducir un estado casi hipnótico. No es lo que queremos hoy, gatita. ¡Estás
tan excitante! Algún día probaremos otras ataduras, unas que puedas usar
debajo de la ropa, sintiendo como las cuerdas presionan tus zonas erógenas y te llevan a un estado sexual elevado, mientras horneas y pones tu mejor cara a la clientela.

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