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La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío romance Capítulo 157

Al día siguiente, que era fin de semana, Simón le pidió a Karina que lo acompañara a elegir su carro.

El jefe había dicho que el premio no era solo para ella y Germán, sino para cada uno de los empleados de los equipos uno y dos.

Ella y Germán podían elegir el modelo que quisieran; los demás recibirían un BMW de forma unificada.

Consorcio Panamericano, haciendo honor a su reputación, demostraba su generosidad sin reparos, gastando millones sin inmutarse.

Karina se dedicó a llamar a cada uno de los empleados para preguntarles de qué color querían su BMW.

Después de recopilar la información, pasó el resto del día con Simón en la agencia, viendo y ordenando los carros.

No fue hasta la noche que tuvo tiempo de ir al hospital a ver a Melisa.

El clima era bochornoso y sofocante.

Llevando una bolsa con un pijama que le había comprado a Melisa, entró en el edificio de urgencias y se encontró de frente con Fabio, que salía en ese momento.

A una distancia de dos metros, sus miradas se cruzaron.

El hombre todavía desprendía un ligero olor a resaca, su rostro estaba sereno, pero en sus pupilas, iluminadas por la luz, se filtraba un atisbo de hostilidad debido a su inestabilidad emocional.

La mirada de Karina era indiferente, carente de cualquier emoción.

—¿Ya se le bajó la borrachera, director Torres?

La ternura de la noche anterior había desaparecido de los ojos de Fabio.

—¿Cuándo he estado borracho? —replicó con terquedad.

Dicho esto, la rodeó y se alejó con su habitual aire de superioridad.

Karina se giró y observó la espalda erguida de Fabio.

Se arrepintió un poco de no haberle tomado una foto la noche anterior, para inmortalizar su patético estado de ebriedad…

Al pasar por la puerta de la habitación de Caro, Karina aguzó el oído.

No entendió bien lo que Caro le decía a Selena, pero notó que no tosía ni tenía dificultad para respirar; su voz era fuerte y clara, lo que indicaba que su salud estaba bien.

Karina se sintió aliviada y se dirigió hacia la habitación del fondo.

Como si hubiera adivinado su llegada, Ariel la esperaba en la puerta de la habitación de Melisa.

Sin embargo, por alguna razón, este nuevo encuentro se sentía extrañamente incómodo.

Al sentirse ella incómoda, Ariel también pareció ponerse tenso.

—Acabo de comprar estas dos pijamas, aún no las he lavado. Quizá tengas que lavarlas antes de que Melisa se las ponga.

—Claro, las lavaré en un momento. ¿Ya comiste?

—Ya comí.

—Entonces, ¿quieres agua?

—No, gracias, todavía no tengo sed.

Ariel asintió.

—Y, ¿quieres fruta? ¿Manzana o plátano?

—Uvas, por favor.

Ariel asintió de nuevo, pero al ir a lavarlas, se dio cuenta de que no había uvas.

—Saldré a comprar.

—No es necesario —se apresuró a decir Karina—, comeré un plátano.

Ariel le peló la mitad de un plátano y se lo entregó.

Ella lo tomó, le dio un mordisco y se dio cuenta de que Ariel seguía mirándola.

El nerviosismo la invadió y, para romper el silencio, dijo lo primero que se le ocurrió: —Gracias por los regalos de ayer.

Ariel la observó con una sonrisa cálida.

—Me ayudaste, así que era justo darte un regalo. ¿Te gustaron? ¿Hay algo que deba mejorar?

—No, todo estuvo perfecto, me encantaron.

Ariel le dio el oso a Melisa y se unió a la conversación, disipando poco a poco la tensión en el ambiente.

A las nueve, Karina decidió que era hora de irse.

Al salir del edificio de urgencias, se dio cuenta de que estaba lloviendo.

La habitación estaba tan bien insonorizada y las cortinas tan cerradas que ni ella ni Ariel se habían percatado de la lluvia.

Karina se cubrió la cabeza con su bolso y corrió bajo la lluvia hacia la entrada para tomar un taxi.

De repente, dos obstáculos aparecieron frente a ella.

Un par de tenis blancos de mujer y un par de zapatos de vestir negros de hombre.

Karina levantó la vista. Eran Selena y Fabio.

Ambos compartían un paraguas y la miraban con las cejas arqueadas.

—¿El profesor Solano no salió a despedirte? —dijo Selena con una sonrisa burlona.

—Abandonas a tu propia hija para cuidar a la suya sin descanso, y ni siquiera sale a acompañarte bajo la lluvia. Se nota que no le importas tanto… ¿Qué dices, hermano, la acompañamos a tomar un taxi?

A Fabio todavía le molestaba lo de la noche anterior.

—Un solo paraguas no puede cubrir a tres personas —dijo con el rostro inexpresivo.

—Es verdad, no hay espacio para un tercero… —añadió Selena con una sonrisa.

—Entonces que nadie se cubra.

Karina se quitó el bolso de la cabeza y lo agitó con fuerza en el aire, haciendo que el paraguas saliera volando de la mano de Fabio.

—¿Qué estás haciendo? —le gritó Fabio, furioso.

—Yo debería preguntar qué hacen ustedes. Hasta un perro sabe que no debe estorbar… Si yo no tengo paraguas, ustedes tampoco. Que todos nos mojemos, así es más justo.

—Que todos nos mojemos no sería justo para ti.

Una voz masculina sonó detrás de Karina.

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