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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1023

Las personas presentes en la sala, aunque ya habían escuchado sobre los métodos de Ulises, al verlos con sus propios ojos sentían una incomodidad que les revolvía el estómago. Y es que, esta vez, la víctima de su crueldad era alguien de su propia familia.

En ese instante, los rostros de los Ramos se oscurecieron, sus expresiones reflejaban una mezcla de angustia y rabia contenida.

Eva, al presenciar la escena, arrugó la frente y, incapaz de soportar la imagen proyectada en la pantalla, giró la cabeza para no seguir mirando.

La única que parecía sentir un alivio profundo era Rocío Hoyos, quien veía la situación con una satisfacción apenas disimulada.

Daniela, al revivir el momento, sintió cómo sus ojos se humedecían y el odio hacia Ulises volvía a arderle en el pecho. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, luchando con todas sus fuerzas para no lanzarse sobre Ulises y gritarle en la cara.

El tiempo parecía arrastrarse, denso y pesado, como si cada segundo se estirara más de la cuenta. Para todos los que estaban ahí, esa escena era una tortura silenciosa.

Finalmente, la reproducción en la pantalla llegó a su fin.

Un silencio sepulcral se apoderó del salón audiovisual, casi como si nadie se atreviera a respirar.

Entonces, la voz clara y serena de Sebastián rompió el silencio como un relámpago en la noche.

—Ahora sí, ¿siguen pensando que Sabrina lo acusó sin razón?

Nadie respondió, el aire se volvió tan denso que parecía que hasta el polvo flotaba inmóvil.

Los miembros de la familia Ramos pasaron de la sorpresa al desconcierto, y de ahí a una furia nada disimulada, con emociones tan complejas que casi podían palparse.

Sebastián, ajeno a lo que pensaran los Ramos, tomó la palabra de nuevo.

—Según lo que marca el acuerdo, a partir de hoy, toda colaboración entre la familia Ramos y la familia Hoyos queda completamente cancelada.

Dirigiéndose a Ulises, añadió con voz cortante:

—Perdiste, Ulises. ¿Ahora qué vas a decir?

El semblante de Ulises se oscureció hasta el límite de lo perturbador. No apartaba la mirada de Sebastián, sus ojos lanzaban destellos de amenaza.

Sabía que Sebastián intentaba sembrar la discordia, provocar que él desconfiara de Fidel y así enfrentarlos. Pero, a decir verdad, las palabras de Sebastián tenían algo de verdad. ¿De verdad Fidel solo quería guardar la grabación para disfrutar del sufrimiento de Sabrina? Si Fidel había llegado a ser el líder de la familia Castaño, estaba claro que no era ningún ingenuo.

Además, era evidente que la filtración de la grabación venía del lado de Fidel.

—¡Ulises, eres un desgraciado sin corazón ni alma!

Martín se levantó de golpe, la furia reflejada en cada músculo de su cuerpo.

—¿Cómo te atreviste a hacerle esto a Sabrina? ¡Te juro que te voy a hacer pagar!

Los tres hermanos Ramos también reaccionaron casi al mismo tiempo, mirando a Ulises con una dureza que cortaba.

Ulises de verdad se había pasado de la raya. Ni siquiera los Ramos se habían atrevido a tanto con su propia sangre. Si solo hubiera querido darle un escarmiento a Sabrina, asustarla un poco, hasta abofetearla o meterse con su amiga Daniela, quizás lo habrían dejado pasar. Pero Ulises había ido demasiado lejos: atacó de frente a Sabrina y le arruinó la mano.

Lo peor de todo era que ni siquiera se tomó el cuidado de ocultarlo, permitiendo que lo grabaran y usaran la evidencia en su contra.

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