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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1051

El semblante de Federico se tensó un poco, mostrando cierta incomodidad.

—No es así. Tú también eres de los nuestros. Jamás te usaríamos de moneda de cambio.

—Solo queremos atraerlos para poder rescatar a Eva y a Chiara —agregó, evitando mirarla de frente.

Sabrina asintió, comprendiendo de inmediato.

—Entonces, lo que planean es usarme de carnada, ¿verdad? —aventó con tono seco.

—Sabrina, te lo juro, vamos a cuidar que no te pase nada —aseguró Federico, con voz apremiante.

Antes de que Sabrina pudiera responder, Ulises, que había estado callado a un lado, intervino con tono cortante:

—Si Eva no se hubiera echado la culpa por ti, jamás la habrían secuestrado. Usarte como anzuelo es lo mínimo que le debes. Más te vale rezar que a Eva no le pase nada. Si le llega a suceder algo, tú serás la primera en pagarlo.

Solo entonces Sabrina posó la mirada sobre Ulises, sus ojos relampaguearon con rabia.

—¿Y tú quién te crees para venir aquí a soltar amenazas como si nada? ¡Lárgate! Nadie te invitó a este lugar.

La respuesta dejó a Ulises totalmente desconcertado; no esperaba que Sabrina se le plantara de esa manera.

En ese ambiente cargado de tensión, Esteban explotó:

—¡Sabrina, no creas que aquí puedes hacer lo que quieras! ¡Tampoco eres la dueña de la familia Ramos! ¡Aquí tu palabra no manda!

La mirada de Sabrina se endureció mientras lo encaraba.

—¿Ah, sí? ¿Entonces ustedes pueden hacer lo que se les dé la gana? ¿Hasta el punto de invitar a quien me secuestró y me dejó la mano así, como si nada? ¿Y pretenden convivir como si fueran grandes amigos? ¿Qué pasa, todos aquí son unos santos capaces de perdonar a cualquiera que lastime a su familia? ¿O será…?

Pausó, recorriendo a cada uno con la mirada, dejando que el silencio se hiciera más denso.

—¿O será que solo conmigo aplican esa doble vara?

Federico trató de calmar las aguas.

Sabrina se encogió de hombros y le dedicó una media sonrisa.

—¿Y a mí qué me importa si vive o no?

Esteban, sorprendido, reaccionó de inmediato, furioso.

—¡Ya salió el cobre, Sabrina! ¡Sabía que tú fuiste la que echó a Eva al fuego, la quieres ver muerta!

Pero Sabrina lo interrumpió, su voz más dura que nunca.

—¿Y qué esperan de mí? Si ustedes pueden ser amigos de quien me destruyó la vida, ¿por qué tendría que preocuparme por alguien que nunca le importó cómo estoy? Si ni siquiera se ha molestado en preguntar si estoy viva o muerta, ¿por qué debería preocuparme yo por su destino?

Hizo una pausa, barriendo la sala con una mirada cargada de sarcasmo.

—Y ustedes, tampoco son tan diferentes.

...

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