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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1073

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Esteban tenía la cara tan pálida como la leche de la impresión, pero ni así parecía dispuesto a aceptar su error.

—¿Cómo te atreves a decir que estoy traicionando a mi propia hermana? ¡Eva también es inocente en todo esto!

No creo que mi madre haya dicho algo así. Seguro fue Sabrina la que te llenó la cabeza, ¿verdad?

Sebastián lo miró de arriba abajo, con una mezcla de lástima y fastidio.

—Qué necio eres. Jamás te pones a pensar en tus propios errores.

No sé en qué momento perdí la cabeza para intentar razonar con ustedes. Es como hablarle a un muro. Pura pérdida de tiempo.

Dicho esto, Sebastián se apartó del grupo, dispuesto a subir las escaleras.

Pero Félix se interpuso de repente, bloqueándole el paso.

—Todavía no terminas lo que estabas diciendo —le soltó.

Sebastián solo le echó una mirada rápida, su voz sonó cortante.

—¿No quedó claro? Ustedes y su madre nunca han estado en sintonía, siempre piensan distinto.

La señora Celeste lo entendió a la perfección, por eso supo cuándo dejar de invertir sentimientos y recursos en ustedes.

Las palabras “dejar de invertir” retumbaron en el pecho de Félix como un mazazo, tan fuerte que hasta el aire se le fue por un segundo.

Cuando logró reaccionar, Sebastián ya había desaparecido escaleras arriba.

...

Sebastián subió los escalones, giró en el pasillo y se dirigió directo a la puerta del cuarto de Sabrina. Pero justo al doblar la esquina, se topó con una silueta delgada, parada bajo la sombra. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí.

Sebastián se detuvo en seco.

—¿Sabrina?

—Aquí estoy —respondió ella sin moverse—. ¿Trajiste los papeles?

—Sí, aquí los tienes.

Sabrina asintió y se encaminó hacia su habitación, sin siquiera estirar la mano para tomar el sobre. Sebastián entendió el mensaje: quería hablar primero.

No era la primera vez que Sebastián entraba en ese lugar.

En el centro de la habitación, destacando entre todo, reposaba el cuadro de Astra Aestiva.

Sobre el sofá había papeles y carpetas esparcidos, como si Sabrina hubiese estado revisándolos hasta hace un momento.

Solo le confesó que, todos los años, buscaba un motivo para acercarse a sus tres hijos varones.

Incluso se disfrazó de oso gigante en uno de sus cumpleaños, solo para darles un regalo y estar cerca de ellos un momento.

Pero con el tiempo, notó que sus hijos habían puesto a Eva en un pedestal.

Entendía que Eva era inocente, pero no tenía ni la paciencia ni la bondad para perdonar tan fácil.

Cada quien elige su camino. No le correspondía a ella intervenir, pero tampoco pudo soltar el rencor.

Hasta el último día de su vida, Celeste no logró perdonar a Eva ni a su madre.

Sentía que su sola existencia era una mancha imposible de borrar.

Sabrina respiró profundo antes de continuar:

—El mes pasado, el abogado de mi madre me buscó.

Me contó que cuando mis hermanos entraron al Grupo Ramos para hacer prácticas, ella los ayudó bajo el pretexto de una inversión.

Incluso en la ocasión en la que el mayor de ellos se hizo famoso por un golpe de suerte, fue mi madre quien puso el dinero para sacarlo del apuro.

Así que, aunque dejó una herencia para asegurar mi futuro, no es que no haya hecho nada por ellos.

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