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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1269

Personas como André, Gabriel y Jorge ya lo habían notado desde hace tiempo.

Los Ramos también sospechaban desde hace rato que entre Sebastián y Sabrina había algo raro.

—¿En serio? ¿Yo me mostré tan obvio y apenas ahora se da cuenta, señor Ulises? —dijo Sebastián, con una media sonrisa burlona—. Con esa cabeza, ¿cómo logró ser el jefe de la familia? De verdad, uno no se explica cómo pasan esas cosas.

Al decir esto, Sebastián dejó que en su cara se dibujara una sonrisa lenta y desafiante.

—Ya estuvo bueno de platicar. Ahora sí, es hora de saldar cuentas.

...

Eva recibió la llamada mientras estaba en una cafetería, tomando café y revisando las noticias en internet.

Como era de esperarse, Luz X no tardó ni unos minutos en volverse tendencia en las redes.

En los ojos de Eva se asomó una sombra de desprecio.

Había muchos hombres que la buscaban y, por supuesto, había visto toda clase de trucos para llamar su atención.

Este tipo de jugadas, para ella, entraban en la categoría de lo más corriente.

Si sus hermanos no le hubieran pedido acercarse a Sebastián, ni de chiste se habría fijado en un tipo así.

La neta, le repateaba la gente ingenua.

Antes de tratar con Sebastián, pensaba que era una persona enigmática, casi imposible de descifrar.

Pero después de convivir con él, le pareció que en el fondo no era para tanto.

Eva ya empezaba a preguntarse si la razón por la que él ayudaba a Sabrina no era tan enredada como todos creían.

Justo cuando se perdía en esos pensamientos, recibió la llamada: Sebastián había tenido un accidente con el carro.

Al escuchar la noticia, Eva no mostró ni pizca de sorpresa.

No cualquiera podía manejar un Luz X.

Para los hombres, querer dominar un carro y conquistar a una mujer nacían del mismo impulso.

Si no tienes la habilidad para controlar un Luz X, un accidente es solo cuestión de tiempo.

Por eso Eva nunca intentó perseguir a Sebastián en carro; desde el principio supo que algo así podía pasar.

Y así fue.

Dejó la taza de café sobre la mesa, el gesto tan sereno como siempre.

Giró la cabeza, clavando la mirada en el tipo que tenía delante, quien ni siquiera mostraba una pizca de remordimiento.

Su voz salió cortante.

—Lo hiciste a propósito, ¿verdad?

Sebastián respondió con una expresión inocente, casi divertida:

—¿Por qué se enoja tanto, señorita Ramos? Ya le ahorré el disgusto de preocuparse por el carro, ¿no debería darme las gracias?

Eva nunca había tomado en serio a Sebastián.

Pero escucharlo decir, palabra por palabra, lo que en realidad estaba pensando, hizo que toda su rabia se convirtiera en asombro.

—Tú... ¿me estuviste espiando?

Sebastián soltó una risa baja.

—¿Eso era necesario? Si era tan obvio. ¿De verdad iba a prestar su carro a alguien del equipo contrario sin sospechar? ¿No pensó que yo podría hacerle algo? El destino de ese carro ya estaba escrito: iba a terminar destruido. Solo me adelanté a ayudarle.

Eva, que primero se quedó pasmada, ahora sentía un escalofrío recorrerle la espalda.

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