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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1271

Cuando Octavio se marchó, Eva fijó la mirada en Sebastián. Ya no mostró esa amabilidad de antes; en el fondo de sus ojos se asomaba una frialdad que calaba.

—Vaya, qué buena jugada la tuya —dejó caer, la voz cargada de doble filo.

Sebastián, sin perder la compostura, respondió:

—Comparado contigo, señorita Ramos, todavía me falta camino. Al final, tú eres experta en hacer que otros hagan el trabajo sucio, mientras yo prefiero ensuciarme las manos yo mismo.

Eva comprendió que, a estas alturas, intentar ganarse a Sebastián era casi imposible. Aun así, preguntó:

—Si estabas usando mis manos para ir contra Ulises, ¿por qué no seguiste fingiendo? ¿Por qué apresurarte a mostrar tus cartas?

Sebastián se encogió de hombros y replicó:

—No tengo ni de lejos tu talento para soportar a la gente que no soporto. Tarde o temprano, la máscara se me iba a caer. Hay personas con las que ni siquiera fingir es soportable… y, para mi desgracia, tú eres una de esas.

Por un instante, a Eva le tembló la expresión. Era la primera vez que alguien le mostraba un desagrado tan descarado. Algo absurdo le recorrió el pecho, una sensación entre fastidio y desconcierto. Todo en el actuar de ese hombre parecía poner a prueba sus límites.

A Eva le sobraban admiradores, pero también había quienes no la soportaban; tanto hombres como mujeres, aunque eran más las mujeres. Muchos de los hombres que la detestaban lo hacían porque ella jamás les daba la menor oportunidad. Como no podían obtener nada de ella, buscaban desprestigiarla. Otros, simplemente, no la soportaban por el simple hecho de que su presencia los incomodaba.

La verdad, a Eva nunca le importaron los que no la querían. Los consideraba irrelevantes, ni siquiera valía la pena mirarles dos veces. Sabía perfectamente que gastar energía en esa clase de gente era una pérdida total: ni ganancia, ni satisfacción, ni nada.

Pero en ese instante, y sin saber bien por qué, sintió la necesidad de entender el motivo.

Eva sostuvo la mirada.

—Es injusto que me quieras colgar culpas que no son mías.

Sebastián arqueó una ceja, dejando ver el desprecio en su expresión.

—¿Injusto? Señorita Ramos, ¿acaso piensas que soy un juez imparcial, que vine a defenderte o a dar la cara por ti? ¿A mí qué más me da si te parece injusto? ¿Acaso Ulises fue justo con Sabrina? ¿De verdad crees que el mundo entero debe estar siempre de tu lado y jamás defender a los demás? Ni siquiera eres una víctima real. Y aunque lo fueras, ¿eso cambiaría algo? Yo no vine a impartir justicia.

El descaro con el que Sebastián demostraba su favoritismo hacia Sabrina hizo que a Eva le recorriera un escalofrío. De pronto, se dio cuenta: en el fondo, Sebastián y Ulises eran iguales.

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