Sabrina sabía que, incluso si le preguntaba a Araceli, la respuesta no sería muy diferente a lo que Eva le estaba contando.
Gente como Eva era lista precisamente por eso: podía ocultar cosas, pero nunca mentía directamente.
Y Araceli…
Al pensar en ella, Sabrina sintió una emoción difícil de describir. Los métodos de Araceli no eran sofisticados ni inteligentes. Sin embargo, tanto André Carvalho como Sebastián tenían vínculos complicados con ella. Esa sensación era como tener una espina de pescado atorada en la garganta; ni salía ni bajaba.
Si tuviera que nombrar a su némesis predestinada, tal vez no sería Eva, sino Araceli.
—Todos tienen un pasado —dijo Sabrina—. No es raro que Hache lo tenga. Esas cosas son su privacidad, no tenía ninguna obligación de contármelo.
Eva sonrió.
—Tienes razón, pero no sabes qué tipo de persona era la exesposa de Sebastián, ni qué clase de pasado inolvidable compartieron. ¿Y si a ella le molesta que alguien se acerque demasiado a Sebastián y decide ir contra ti? Sabrina, ¿no serías tú quien pague los platos rotos? ¿Acaso lo de Araceli no fue un ejemplo de eso?
Sabrina no respondió.
Eva no dijo más. Se puso de pie.
—Sabrina, ya dije lo que tenía que decir. No te molesto más, me voy.
Antes de salir, Eva volteó a ver a Sabrina una última vez.
Una ex siempre es una espina en el corazón de la pareja actual. Especialmente para Sabrina, cuyo matrimonio había sido destruido por una ex; seguramente ahora tendría pavor a repetir la historia.
De regreso en su habitación, Eva llamó a Fidel Castaño.
—Fidel, Sebastián ha vuelto.

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