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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1653

Sebastián había conseguido un mapa del palacio de antemano y sabía dónde estaban las patrullas. Con sus habilidades, robar una sin que nadie se diera cuenta no representaba ningún problema.

Pronto se subieron a un vehículo. Como Sabrina no podía manejar un auto bajo esa presión debido a su mano, Sebastián tomó el volante. Sabrina se sentó en el asiento del copiloto con el arma lista para cubrirlo.

Condujeron durante una media hora cuando Sebastián miró por la ventana. Sus pupilas destellaron con una luz fría y su mirada se volvió aguda. Advirtió:

—Sabrina, ahí vienen.

Sabrina miró por el retrovisor y, efectivamente, vio varios vehículos persiguiéndolos. En ese momento, el coche frenó de golpe. Sabrina miró al frente y vio que habían bloqueado el camino con barreras y ponchallantas. De repente, apareció un grupo de hombres armados frente a ellos y comenzaron a disparar ráfagas contra el auto.

Después de la lluvia de balas, el coche seguía intacto; ni siquiera los cristales tenían un rasguño. Sabrina miró a Sebastián, sorprendida.

Como si le leyera la mente, Sebastián dijo:

—Este debe ser el auto del capitán de seguridad. Aunque parece normal por fuera, no solo es a prueba de explosiones, sino también blindado.

Con razón Sebastián había elegido ese vehículo entre todos los disponibles.

Sabrina, por supuesto, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que les dispararan. Quitó el seguro de su arma y se preparó para disparar, pero Sebastián la detuvo.

—Sabrina, sujétate bien —dijo en voz baja.

Ella asintió levemente.

—Yo los distraeré.

Como si temiera que ella se preocupara, añadió:

—Ya conoces mis habilidades. Tranquila, no me pasará nada.

Sabrina dudó por un momento. Si se quedaba, tal vez solo sería un estorbo para Sebastián, obligándolo a protegerla mientras peleaba. Pero...

De repente, por el rabillo del ojo, notó algo. Sus pupilas se contrajeron y agarró el brazo de él con fuerza, levantando la manga de su camisa negra. Al ver la herida profunda que llegaba hasta el hueso, sintió como si le hubieran dado un martillazo en el corazón.

Seguro se lastimó al protegerla durante el choque. Una herida así habría hecho desmayarse a cualquiera del dolor, pero Sebastián ni siquiera había fruncido el ceño, actuando como si nada hubiera pasado.

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