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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 752

—Trabajar es una maravilla, ¿no crees? Así una puede ganar su propio dinero y no tiene que aguantar que los tipos vengan a decir que las mujeres solo sirven para que las mantengan —comentó Sabrina, con una sonrisa que mezclaba orgullo y nostalgia.

Thiago recordó aquellas comidas especiales que su mamá le preparaba, esos platos que solo él podía disfrutar. Un calorcito le subió al pecho y, con voz bajita, murmuró:

—Mamá, perdóname.

Sabrina negó con la cabeza, como quitándole importancia.

—Ya está, manito. Terminamos con las verduras, ahora vamos a la zona de los dulces y escoges lo que más te guste, ¿va?

El pequeño grupo caminó hacia la sección de golosinas, con André siguiendo de cerca.

Para André, ese momento resultó ser toda una novedad. Siempre había pensado que acompañar a una mujer de compras era una pérdida de tiempo, algo fastidioso y sin sentido. Pero ahora, lejos de sentirse molesto, hasta tenía ganas de quedarse ahí, de compartir ese instante con Sabrina y ver qué elegiría.

Después de pagar todo, salieron del supermercado. Hache los llevó hasta la entrada del edificio donde vivían Sabrina y Thiago. Al bajarse, Sabrina le agradeció:

—Hache, de verdad, hoy te tocó aguantar bastante. Mejor ve a descansar temprano.

No lo invitó a subir a cenar. No quería darle a André la más mínima oportunidad de quedarse pegado a su lado.

Hache tampoco insistió y contestó, dejando claro que entendía el mensaje:

—Listo, entonces me despido. Si necesita cualquier cosa, señorita Ibáñez, solo avíseme.

No tardó en marcharse.

En cuanto Hache desapareció, André se acercó a Sabrina y Thiago.

—Thiago —llamó, intentando sonar casual.

Thiago lo miró sorprendido.

—¿Papá? ¿Todavía no te has ido?

André vio que Sabrina cargaba varias bolsas y se ofreció al instante:

—Déjame ayudarte con eso.

Ella retrocedió un par de pasos, esquivando la mano de André.

—No hace falta, gracias.

André la miró, insistente.

—Tus manos son para tocar el violín, deberías evitar cargar cosas pesadas.

Sabrina le devolvió una sonrisa tranquila, pero con cierto filo.

—En estos cinco años, he vivido así todos los días y mis manos siguen igual. No son tan delicadas como para dañarse por cargar unas bolsas.

André lo miró fijo.

—Fabián, ¿sigues queriendo ser el heredero del Grupo Guerrero?

Fabián ni lo pensó.

—¡Por supuesto! Si me convierto en el heredero, ya no tendré que soportar la cara de esos hijos fuera de matrimonio.

Después de todo, ¿a quién le molesta tener más plata y poder?

André se inclinó hacia él, bajando la voz.

—Puedo ayudarte a conseguir ese puesto.

A Fabián se le iluminaron los ojos.

—¿Hablas en serio, André?

Nunca olvidó cómo, la última vez que Fidel tomó represalias contra el Grupo Guerrero, André solo lo ayudó porque Jorge intercedió. Y cuando le quitaron el puesto de heredero, André ni movió un dedo. Sabía que todo había comenzado por sus múltiples intentos de meterse con Sabrina. Eso había logrado que André lo viera con otros ojos.

André asintió, con aire serio.

—Pero hay una condición.

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