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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 807

Los internautas que seguían la transmisión en vivo también se desbordaron en los comentarios.

[¡Que aprenda a ladrar! ¡Que aprenda a ladrar! ¡Quiero verlo imitándolo!]

[¡Aprendamos todos a ladrar juntos, ¡guau, guau, guau, guau, guau!]

Damián Palacios, al ver el revuelo, activó la opción de votación en vivo.

Dejó que todos participaran, para ver si había más personas apoyando que él imitara a un perro o que, de plano, abandonara el concurso.

¿Una tercera opción? No, no había.

En su momento, Malcolm Fletcher tampoco le dio a Sabrina Ibáñez ninguna alternativa.

Él no era ningún santo dispuesto a dejar que un extranjero humillara a su compatriota.

Cuando el presentador se enteró de esto por el equipo de producción, pensó: “Este Damián sí que aprendió a manejar el show… hasta sabe cómo armar polémica para levantar audiencia”.

Hoy por hoy, la polémica era la clave del éxito.

Mientras más controversia, más rating.

El presentador se dirigió al público:

—Ya está habilitada la votación en línea, pueden ir a participar y, de paso, darle un consejito al señor Fletcher.

Tanto la organización del concurso como el presentador, no tenían la menor intención de ayudar a Malcolm a limpiar su imagen.

Al contrario, aprovecharon el escándalo para atraer más atención y views.

El conflicto entre Malcolm y Sabrina era insalvable.

Ni lo pensaron: se pusieron del lado de Sabrina, sin titubeos.

Después de todo, ahora tenían un talento local en ascenso… ¿para qué seguir con el extranjero?

No eran como Elwood, que había dejado pasar a una genio por preferir a la extraña Araceli Vargas, a la que nadie terminaba de entender.

Todos sacaron sus celulares y empezaron a votar con entusiasmo.

Algunos, mientras votaban, platicaban:

—Este concurso sí que está bueno, ¿eh? No me lo pierdo en la próxima. Mejor aparto ya mi entrada porque al rato no quedan.

Sabrina miró a Malcolm con una sonrisa perfectamente calculada.

—Señor Fletcher, ya escuchó la opinión del público. Es hora de que decida.

A Malcolm le daban ganas de negarse, incluso de fingir un desmayo.

Pero, ante tantas miradas, cualquier truco quedaría expuesto al instante.

Si lo hacía, no solo perdería la dignidad, sino hasta el respeto de quienes alguna vez lo apoyaron.

Y los violinistas con los que había apostado en el pasado, también saldrían a criticarlo por no cumplir su palabra.

Malcolm inspiró profundo y, de pronto, se arrodilló.

—Señorita Ibáñez, le pido disculpas a usted, a su mamá la señora Celeste y a su compañero Marcelo Blanco. No debí insultarlos.

Aunque arrodillarse para pedir perdón era humillante, por lo menos estaba cumpliendo su promesa. Más tarde, seguro habría quienes lo defendieran, diciendo que Sabrina había sido demasiado dura.

Sabrina mantuvo una sonrisa suave, en silencio, observándolo.

Malcolm cerró los ojos, respiró hondo varias veces…

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