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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 912

—La señorita Ibáñez es la hermana menor de Eva, ¿cómo podría yo ponerle una mano encima a la hermana de Eva?

Aunque Ulises dijo eso con toda la calma del mundo, la cara de los Ramos, tanto padre como hijo, se notaba tensa y cargada de molestia.

Martín, sobre todo, sentía una furia imposible de ocultar.

El atrevimiento de Ulises había cruzado todos los límites. Se notaba que no les tenía ni el más mínimo respeto.

Eva intervino, su voz suave pero firme:

—Ulises, la verdad es que en esto sí te pasaste. Mejor discúlpate con Sabrina.

Si cualquier otra persona le hubiera dicho algo similar, Ulises quizá habría ignorado la petición. Pero Eva era diferente. Si Eva pedía algo, él jamás podía hacerse el desentendido.

Dirigiéndose a Sabrina, Ulises dijo con un tono sereno:

—Señorita Ibáñez, le pido disculpas por el susto de hace rato. Solo intentaba hacerle una broma, no fue mi intención incomodarla.

Antes de que Sabrina pudiera decir algo, Federico intervino con voz seca:

—Ulises, los problemas de la familia Ramos los arreglamos entre nosotros. No eres parte de esta familia, así que mejor no te metas.

Hizo una pausa y agregó, con una mirada cortante:

—Y ya que viste a Eva, deberías marcharte.

La inesperada visita de Ulises había dejado a Martín y Federico confundidos, pero como ya estaba ahí, tampoco podían echarlo a la fuerza. Sin embargo, nadie esperaba que Ulises fuera capaz de sacar un arma de la nada.

Eva, preocupada por el ambiente tenso, se sumó:

—Ulises, mejor vete por hoy. Papá y mi hermano necesitan hablar con Sabrina de algunos asuntos.

Ulises no insistió. Asintió y se despidió con naturalidad:

—Está bien, me voy. Si necesitas algo, no dudes en llamarme.

Luego, su mirada recorrió a todos los presentes, deteniéndose en cada uno con cierta advertencia en los ojos.

—Si alguien se atreve a lastimarte... —dijo Ulises, su voz baja y seria—, no importa quién sea, haré que lo pague. Incluso si es tu propia familia.

Martín y Federico apretaron los puños, sintiendo cómo la rabia les subía por el pecho.

¡Qué arrogancia la de Ulises!

Era claro que, excepto por Eva, no le importaba nadie en esa casa. Ni siquiera a sus parientes les concedía el más mínimo respeto.

Al mismo tiempo, eso demostraba lo especial que era Eva para él.

Fidel se quedó callado unos segundos.

Este Ulises sí que estaba loco.

Ahora, la lista de personas a las que los Ramos no querían ver en su casa acababa de aumentar.

Fidel, divertido, preguntó:

—¿Y Sabrina aceptó? ¿No se asustó tanto que casi se desmaya?

Muchos hombres, al verse encañonados, no podían evitar terminar humillados por el miedo. Así que imaginar a una mujer tan delicada como Sabrina, en una situación así, seguro debía de haber sido un espectáculo.

Fidel no pudo evitar imaginar la escena y sentir un poco de curiosidad.

Pero lo que Ulises respondió lo dejó sorprendido.

—No.

Ulises apretó el celular, sus labios muy juntos, reflejando su molestia.

Por muy atrevido y arrogante que fuera, Ulises no era tan tonto como para hacer una locura en casa de los Ramos.

La verdad, Ulises sí quería presionar a Sabrina, incluso esperaba que se pusiera nerviosa y cometiera algún error delante de todos. Por dentro, también quería verla pasar un mal rato.

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