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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 927

En el corazón de Sebastián Fonseca empezó a crecer una inquietud que no sabía cómo explicar. Una corazonada extraña, como si algo malo estuviera a punto de suceder.

Sin perder tiempo, tomó su celular y marcó el número de Sabrina Ibáñez.

Nadie contestó.

Intentó después con Daniela Blasco. El resultado fue el mismo: ni rastro de ellas.

Sebastián insistió varias veces, pero todo seguía igual, solo el tono interminable del buzón y el silencio al otro lado.

La sensación de que algo no andaba bien se fue haciendo más intensa. Entonces decidió llamar a Carolina Nieves.

—¿Bueno? —contestó Carolina, sonando un poco sorprendida—. ¿Sabrina y Daniela no estaban en Medellín para la competencia? Si no puedes comunicarte con Sabrina, tal vez sea porque ya están dormidas.

—Ya son las diez de la noche allá en Colombia —añadió Carolina—. Es normal que a esta hora ya estén descansando.

—¿Sabes en qué hotel se están quedando? —preguntó Sebastián, tratando de mantener la calma.

—No estoy segura —respondió Carolina—. La última vez que Sabrina y Daniela regresaron a Cartagena, Daniela mencionó que los planes en Medellín los había organizado Jorge Olivares.

—¿Por qué no le llamas a él? Quizás él sepa algo.

—Está bien, gracias —replicó Sebastián.

Colgó y marcó el número de Jorge. El teléfono sonó y sonó hasta que la llamada se cortó sola. Jorge tampoco contestaba.

¿Acaso los tres estaban juntos? Sebastián frunció el ceño, recordando la manera en la que Jorge miraba a Sabrina. No era ningún secreto que él sentía algo por ella, y estando en Medellín, seguro aprovecharía cualquier oportunidad para acercarse.

Sin pensarlo mucho, Sebastián volvió a llamar. Una vez, otra vez, y otra más.

—Tu... tu... tu... —el tono seguía y nadie respondía.

No quería molestar demasiado a Sabrina ni a Daniela, sabiendo que quizá ya estaban dormidas, así que no insistió con ellas. Pero con Jorge no sentía esa obligación. Podía marcarle tantas veces como quisiera.

Perdió la cuenta de cuántas veces lo intentó, hasta que por fin alguien levantó el teléfono. Al otro lado se escuchó la voz de un hombre, con un tinte de fastidio que no pudo ocultar.

—¿Quién habla?

—Soy Hache —contestó Sebastián, usando su apodo—. Quería preguntarte, ¿dónde están Sabrina y Daniela?

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