Al enterarse de que Paulina había sido secuestrada, la noticia cayó como un balde de agua helada sobre Vanesa. Aunque fuera por un tiempo, Paulina había sido su aprendiz, y eso para ella no era poca cosa.
—¡Carajo! ¿Quién se atrevió a hacer semejante estupidez? ¿Cómo se atreven a meterle mano a mi aprendiz? ¿De verdad piensan que yo, Vanesa, me voy a quedar de brazos cruzados? —soltó con rabia, apretando los puños.
Isabel apenas podía hablar entre sollozos, limpiándose las lágrimas con la manga.
Vanesa, sin perder la compostura, le habló con firmeza:
—Ya, deja de llorar. Yo misma me encargo de encontrarla, y de paso, les doy una lección a esos desgraciados.
[Neta que no tienen madre.]
Isabel, con la voz rota, murmuró:
—Fue Cristian… o Patrick.
En ese momento, no había muchas dudas. Si alguien en Littassili podía atreverse a moverle el tapete a Paulina, era Cristian o Patrick. Pero el principal sospechoso era, sin duda, Cristian.
Patrick… bueno, si de verdad había creído que ya no podía tener hijos, entonces seguro estaba furioso con Alicia, y en ese estado, podría desquitarse con Paulina.
Vanesa se quedó sin aliento al escuchar el apellido:
—¿Gente de la familia Ward, no? Bien, ya lo tengo.
Sin perder tiempo, se giró hacia Yeray, su mano derecha.
—Manda a la gente. Quiero que acaben con la familia Ward.
…
—Carajo, ¿no les bastó con la última advertencia? ¿Todavía les quedan ganas de meterse con nosotros?
El objetivo era Paulina. Si esa bola de suicidas quería buscar su final, ella se los iba a dar con gusto.
Yeray asintió, serio:
—¿Los terminamos por completo?
—Sí, sin piedad.
Desde antes se rumoraba que Cristian tenía aliados ocultos en Littassili. Ahora, por fin, estaba sacando las uñas.
Vanesa no dudaba: si Cristian no tuviera algo seguro detrás, jamás se habría animado a desafiar a Paulina, y menos aún a pararse frente a Alicia. Si él era el responsable, al menos sabían a quién buscar.
—¿De verdad no fuiste tú el que se la llevó?
Patrick soltó un resoplido, molesto.
—No soy tan animal como para meterme con mi propia hija.
Alicia se quedó callada, sin fuerzas para discutir si Paulina era su hija o no. No era momento para pelear por eso. Lo importante era traer de regreso a Paulina, y ya luego habría tiempo de ajustar cuentas.
—Tráeme a Delphine —ordenó Alicia, con voz gélida—. No estoy pidiendo demasiado, ¿verdad?
Patrick la miró, desconfiado.
—¿Para qué la quieres?
—Si mi hija está en manos de Cristian, es justo que yo tenga a su madre. ¿O qué? ¿Porque es tu gran amor, no te animas a soltarla ni en este momento?
Patrick no dijo nada. Las palabras “gran amor” retumbaron en su interior como una cachetada. ¿Gran amor? Ahora, esas palabras le parecían un chiste cruel.
Tantos años dándole todo a Delphine, consintiéndola, y a sus hijos… siempre los mimó. ¿Quién iba a imaginar que ninguno de esos tres era suyo? ¿Y esa mujer…?

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