Entrar Via

La Heredera: Gambito de Diamantes romance Capítulo 1412

—¿Entonces si no cumplo con todas esas condiciones, ni siquiera merezco salvarte?

—¡Así es! —contestó Paulina, asintiendo con mucha seriedad.

Cristian se quedó callado, sintiéndose completamente despreciado y, para colmo, ni siquiera tenía pruebas para quejarse. ¿A quién se le ocurría poner semejante lista de requisitos para ser rescatada? ¿Qué creía que era esto, un reality show de ricos?

—¿Lámparas hechas de diamantes? —preguntó con incredulidad.

Paulina volvió a asentir con la misma tranquilidad—: En toda la hacienda, todas tienen que ser así.

—Oye, princesa, ¿no crees que tienes un tornillo flojo?

—¡Es mi sueño! —sentenció ella, como si fuera lo más normal del mundo.

Cristian estaba a punto de perder la paciencia. Su propia madre ya era bastante extravagante, pero ni siquiera ella se atrevía a pedir ropa diferente para cada uno de los 365 días del año.

—De verdad que te animas a pedir cada cosa —soltó, con una mezcla de resignación y fastidio.

Se preguntaba qué demonios estaba haciendo ahí. Apenas había abierto la boca y Paulina ya le había soltado una lista interminable de exigencias.

—Entonces, ¿vas a rescatarme o no? —le preguntó Paulina, con la cara de quien está negociando la compra de una casa.

—¡No puedo salvarte! —contestó Cristian, apretando los dientes, cada palabra saliendo como si le costara trabajo.

Esto ya no era rescatar a una mujer; era como invitar a una emperatriz a vivir en su casa.

—Pues quédate a pasar miserias toda tu vida con Carlos —le soltó Cristian, tan harto que se paró de golpe dispuesto a largarse de ahí.

—¡Espera! —dijo Paulina.

—¿Ahora qué quieres?

—¿Te vas a ir así nada más? —Paulina lo miró de reojo, con un tono nada amigable.

Cristian se dio la vuelta—: ¿Ya pensaste bien y vas a irte conmigo?

—Pisaste mi alfombra y la ensuciaste —acusó Paulina, con una mueca de fastidio.

Cristian se quedó callado. Bajó la mirada a donde había estado sentado y sí, al venir de afuera, había dejado marcado el tapete.

—¿Y eso qué significa? —preguntó, arqueando una ceja.

[¡¿Muerto de hambre yo?! Como si no pudiera pagar ni una alfombra…]

—¿No tienes miedo de que te mate? —Cristian ya estaba tan enojado que la voz le salió ronca.

—Si me matas, tarde o temprano sabrán que fuiste tú, porque no tengo problemas con nadie más. Y no solo tendrías que enfrentarte a Carlos, sino también a mi madre y a todo Lago Negro —le advirtió Paulina, sin pestañear.

Cristian resopló, ya sin fuerzas para pelear.

—¿Cuánto?

Ya no quería escuchar ni una palabra más. Ese día no debió haber salido de su casa; se había metido en la boca del lobo solo para acabar furioso y humillado por esa mujer.

—Doscientos millones —contestó Paulina, con la misma calma de siempre.

—¿Cuánto? No te escuché bien…

—Doscientos millones —repitió ella, tan tranquila.

Cristian se quedó mudo, dudando si reír o llorar.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes