Las lágrimas de la señora Espinosa caían una y otra vez, pero ella se las limpiaba sin detenerse.
No quería recordar esos años del pasado. No le interesaba en lo más mínimo rememorar esas emociones falsas y huecas. Lo único que deseaba era estar con la persona que de verdad amaba y tener un hijo a su lado, un hijo que fuera suyo y de nadie más.
Esa postura suya terminó por decepcionar por completo a Fabio. En ese momento, Fabio ya no tenía ganas de perder el tiempo hablando con ella.
—¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? ¿Vas a denunciarme? —aventó la señora Espinosa, con el tono ácido que le salía natural.
A fin de cuentas, aquel accidente de carro, aunque no mató a Maylin de inmediato, seguía siendo un intento de asesinato. Y eso era grave.
—¿Acaso no debería hacerlo? —replicó Fabio, sin apartar la mirada.
—¿Lo haces por Maylin o por Andrea? —le disparó la señora Espinosa, como si quisiera desarmarlo de un solo golpe.
Fabio guardó silencio.
En cuanto mencionó a Andrea, el ambiente pareció detenerse. El aire se llenó de un silencio denso, casi imposible de cortar.
La señora Espinosa dejó escapar una risa burlona, sin molestarse en disimular:
—Esa muchacha nunca me ha caído bien. Y no voy a fingir lo contrario.
—¿Quién se cree para recibir lo mismo que Lavinia? Su papá se atravesó en mi camino... Me cae mal, me da asco, no soporto verla.
Mientras más hablaba de Andrea, más notorio era el desprecio en su voz. Era el mismo repudio que le mostró durante todos esos años, sin esconderse ni un poco.
Fabio respiró hondo, como si le costara trabajo contenerse.
—Si tanto la detestabas, ¿por qué te empeñaste en hacerle la vida imposible cuando yo me la llevé a vivir fuera de la casa?
—Porque fue su padre quien destruyó mi vida —le soltó la señora Espinosa, con un tono tan seco que casi hería—. ¿Te parece suficiente esa razón?
Fabio apretó los labios, luchando con sus propios pensamientos.
“Su gran amor”, pensó con un dejo de amargura. Ahora sí, ni siquiera se molestaba en ocultar a ese hombre que tenía afuera, ni lo que sentía por él. Ni un poco de vergüenza, ni una pizca de remordimiento.
La mirada de Fabio se volvió dura, casi cortante.
—Dímelo tú, ¿qué es lo que piensas hacer ahora? —le exigió la señora Espinosa, ya sin máscaras, sin ganas de fingir una imagen de madre abnegada.
Todo había salido a la luz. No tenía caso seguir ocultando nada.
Se quedó viendo a Fabio, como si lo retara a hacer el siguiente movimiento.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera: Gambito de Diamantes