Si se hacían las cuentas de esa manera…
¿No era esa mujer demasiado cruel?
A fin de cuentas, él la había tratado bien todos esos años. El problema fue que ella no supo conservar lo que él le dio.
—Los Allende saben separar los negocios de lo personal —dijo Lucio—. Pero, aunque no quieran acabar con usted por completo, tampoco van a permitir que se quede en el mismo lugar que la señorita Marín.
Lucio entendía perfectamente las intenciones de la familia Allende.
Mathieu y Andrea estaban ahora en Irlanda.
Y lo que ellos querían era que Fabio no se quedara aquí.
Al escuchar eso, a Fabio se le descompuso la cara.
—A ver, ¿o sea que toda Irlanda es de los Allende o qué?
—La mitad de la economía de este país depende de lo que diga la familia Allende.
Fabio se quedó sin palabras.
La mitad de la economía de Irlanda.
Y si se trataba de París, ni se diga. No sería una exageración decir que la familia Allende mandaba en esa ciudad.
Fabio sentía que el coraje le subía por el pecho.
La gente de los Allende… Andrea era de los Allende. Jamás se lo hubiera imaginado.
¿Cómo era posible que ella fuera de esa familia?
—Entonces, ¿me están obligando a irme de Irlanda?
—Sí —confirmó Lucio.
—¿Y si digo que no?
Regresar a Puerto San Rafael en este momento no le convenía para nada.
Él no era como los Espinosa; si volvía ahora, seguramente se armaría un escándalo.
—Como ya pudo ver, me temo que un «no» no es algo que esté en posición de decir.
Los métodos de los Allende eran implacables.
Desde que se supo que Andrea era una de ellos, ni siquiera se habían molestado en mandar a alguien para hablar con Fabio.
Simplemente, en silencio, se pusieron a resolver las cosas.
Aún no habían visto a un solo miembro de la familia Allende y ya sentían una presión que casi no los dejaba respirar.
Fabio cerró los ojos.
El aire que soltó al exhalar se sentía helado.
Lucio pensó un momento antes de hablar.
—Según las órdenes que vienen de arriba, tenemos que retirarnos de Irlanda lo antes posible.

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