Al escucharla, Mathieu se quedó de una pieza. Miró a Andrea, incrédulo.
—No puede ser. Apenas llegas y ella…
—¡Shhh!
Antes de que pudiera terminar, Andrea le hizo un gesto para que guardara silencio. No quería que siguiera hablando de eso. Virginia estaba débil, no inconsciente, y si los oía, no sería bueno.
Mathieu miró a Virginia, que seguía durmiendo, y resopló.
—Es que es increíble. No tengo palabras.
De verdad que no las tenía. ¿Qué clase de gente eran los Bernard? En Puerto San Rafael eran una familia importante y reconocida. ¿Y se ponían a pelear por dinero de esa manera? Sobre todo porque Andrea apenas llevaba unas horas en la ciudad. Sacar el tema en ese momento demostraba una falta de clase tremenda.
—¿Qué dijo el médico sobre mi mamá? —cambió de tema Andrea.
—Su estado es muy delicado. Mandé traer unos medicamentos especiales para ella, llegan en la tarde.
Andrea asintió, con un peso en el pecho. Abrió la boca para preguntar algo, pero las palabras no le salían.
—¿Qué pasa? —le preguntó Mathieu.
—Quiero saber… ¿se va a poner bien?
Anoche, Sebastián había dicho por teléfono que se estaba muriendo. Como médicos, ambos sabían lo que eso significaba. Cuando un doctor decía "se está muriendo", era prácticamente una sentencia de muerte.
Acababa de encontrar a su madre y ya tenía que enfrentarse a la idea de perderla. El dolor era insoportable.
—Tranquila. Conmigo aquí, todavía te acompañará por muchos años.
Mathieu percibió la angustia en su voz y trató de calmarla con toda la seguridad que pudo reunir.
—¿De verdad?


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