¡Las cosas raras que pasan en Puerto San Rafael son para escribir un libro!
Lo que pasó con Isabel ya fue suficiente.
Y ahora Andrea apenas regresa y se topa con esto...
La señora Blanchet le entregó el niño a la niñera y tomó el teléfono para llamar a Andrea inmediatamente.
Andrea contestó rápido: —Gran Señora.
—¡Andrea, hija! Si la salud de tu madre lo permite, ¡tráetela de regreso a París ya mismo!
En Puerto San Rafael no se puede vivir.
Cualquiera que va termina haciendo coraje.
Incluso su Isa, a quien crió tan alegre y linda, fue allá y no tuvo ni un día de paz.
Ahora la señora Blanchet tenía una opinión pésima, por no decir nula, de ese lugar.
La señora Blanchet ni lo dudó.
Le dijo directamente a Andrea que se trajera a su mamá.
Andrea: —Ahora su salud no está muy bien, necesita reponerse un poco.
—¿Y mientras tanto tienes que aguantar groserías?
Para la señora Blanchet, quedarse un día más en Puerto San Rafael era sufrir de gratis.
Antes en Irlanda...
Cuando Fabio la molestaba, ¡ella podía correrlo y ya!
Pero en Puerto San Rafael, ellos son locales, tienen raíces ahí...
Andrea: —En cuanto mi mamá mejore un poco, me la llevo de inmediato.
—Bien. Y esa Daniela, tu tía política, ¿no? ¡Ni te le acerques! De por sí no tienes nada que ver con ella.
—¡Si lo que quieren es compensación económica, dásela!
Dijo la señora Blanchet tajantemente.
Para ella, si Daniela hablaba de herencia, era cuestión de dinero. Que hicieran cuentas y le pagaran.
Para gente así, si se les puede callar con dinero, pues que se les pague.
El dinero es una buena medicina y compra tranquilidad.
—Con tal de que no se te pare enfrente, lo que sea.

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