Y como creería que era su derecho...
Entonces, lo que le dieran le parecería muy poco, y por lo tanto, exigiría más.
Angélica negó:
—¡No, mi mamá no haría eso!
—Sí lo haría.
—No lo haría, ella solo cree que mi tía no agradeció sus cuidados, por eso está enojada.
Andrea preguntó:
—¿De verdad es así?
¿Agradecer? ¿Agradecerle a ella...?
Por algunas descripciones de Virginia, los cuidados de Daniela habían sido mínimos.
¡Ni siquiera la cuidaba!
Quien la cuidó todos estos años fue siempre el tío.
Todo lo de ella lo arreglaba el tío.
¡Angélica lloraba desconsolada!
Realmente le preocupaba que su familia se hiciera pedazos.
Ya de por sí, desde que Louis regresó a la familia Bernard, el ambiente había sido muy tenso.
Si ahora sus papás se divorciaban...
Entonces la familia Bernard, que alguna vez fue tan próspera, quedaría completamente destruida.
¡Mathieu le hizo señas a Andrea!
Andrea dijo:
—Lo siento, me tengo que ir.
Dicho esto, se dispuso a marcharse.
Pero Angélica la agarró de la muñeca:
—¿De verdad no puedes hablar con mi papá?
—Deberías hablar con tu madre. Si no me equivoco, después de que Louis regresó, el tío ya ha agachado bastante la cabeza ante tu madre, ¿no?
Angélica se quedó muda.
Al escuchar esa frase de Andrea, la fuerza con la que agarraba su brazo se aflojó.
Andrea tenía razón.
Desde que Louis regresó a la familia Bernard, su padre había estado consintiendo a su madre todo el tiempo.
Era su madre la que se negaba a ceder...
Durante este tiempo, sin importar lo que hiciera su padre, su actitud siempre era fría como el hielo.
¡Y su padre se aguantó todo eso!
Hasta que, por el pleito de la herencia de la tía, la actitud de su padre empezó a cambiar.
Dejó de consentir a su madre, y esa frialdad, incluso para Angélica, era aterradora de ver.
¡Y aun así, ella no se había moderado!
Angélica tenía el fuerte presentimiento de que si seguía haciendo berrinche, su padre realmente se divorciaría de ella.
Especialmente por la actitud de su padre este mediodía...
No parecía que lo dijera de dientes para afuera.
***
Andrea regresó al lado de Virginia.
Todos entraron, Céline Lambert fue la última en llegar. Al entrar, Virginia le preguntó a Andrea:
—¿Qué te dijo Angélica?
¿Quién salió?
Céline respondió:
—¡Ese infeliz!
Ahora Mateo Hernández, para ella, ¡ni siquiera merecía tener nombre!
Andrea volvió a sentir un tic en la boca.
—Acaba de salir y ya le pegaron otra vez, ¡lo van a matar a golpes!
Ella, como doctora, sabía muy bien lo que significaba estar en terapia intensiva. Y resulta que apenas salió, Céline corrió a golpearlo de nuevo.
¡Esto sí que estaba cañón!
Céline dijo:
—Tranquila, sé medir mis fuerzas, ¡no lo maté!
De todas formas, ya le había quitado media vida a ese patán, y como salió tan rápido...
¿Pues no tenía que ir a rematarlo?
Andrea pensó: «¿Medir fuerzas?».
Al escuchar esas dos palabras de boca de Céline, sintió que no era muy confiable.
Alguien como Céline, cuando se le subía la sangre a la cabeza, no reconocía ni a sus padres, ¿e iba a tener mesura?
¡Andrea silenciosamente le prendió una veladora a Mateo en su mente!
Rezando para que pudiera conservar la vida en manos de Céline.
—¿Entonces Mateo debe odiarte a muerte ahora?
Céline se burló:
—¡Si ni siquiera estaba consciente, cómo me va a odiar! ¡Tendría que tener energía para eso!

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