Isabel sentía mucha lástima por ella.
Le buscó un maestro a Bea; no era para que se volviera una erudita, pero al menos debía reconocer las palabras simples.
Si no, ¿cómo iba a salir a la calle si ni siquiera podía leer los letreros? Eso no estaba bien.
Cuando Esteban regresó, vio a Isabel llevando a Bea con el maestro.
Esteban jaló a Isabel hacia sus brazos: —¿Lorenzo ya vino?
Isabel asintió: —Sí, te está esperando en el despacho.
Esteban echó un vistazo a Bea.
Isabel: —Le conseguí un maestro a Bea para que le enseñe a leer cosas básicas.
Esteban: —¿Lorenzo no se ocupa de eso?
Isabel: —Él es un hombre, muy tosco, ¿qué va a saber de esas cosas?
Si Lorenzo supiera de eso, todo estaría bien.
El problema es que no tenía ni idea de nada.
Mira cómo tenía a Bea; en este tiempo la niña había bajado como cinco kilos, y eso que ya era delgada.
¡Con lo que adelgazó, parecía una niña mucho más pequeña!
Ahí se notaba que Lorenzo, en algunas cosas, era muy descuidado.
Esteban soltó una risa: —Tú encárgate.
—Ajá.
Isabel asintió.
Esteban sabía que ella tenía un buen corazón, y además la identidad de Bea ya estaba verificada.
Así que Esteban la dejó hacer lo que quisiera.
Esteban se fue.
Isabel miró a Bea y vio que tenía esa expresión asustadiza de nuevo. Isabel le preguntó: —¿Y ahora de qué tienes miedo?
—Todos son muy bravos.
Isabel se quedó callada.
Bueno, la verdad es que todos aquí eran de carácter fuerte, ¿cómo no iba a tener miedo?
¡La pobre niña!
Esto le recordó a Isabel la época en que Paulina Torres acababa de llegar al lado de Carlos Esparza y se la pasaba llamándola por teléfono.
Había que admitirlo, nadie alrededor de Esteban era una perita en dulce.

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