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La Heredera Salió del Infierno romance Capítulo 423

A Leonor se le cortó la respiración, y una emoción indescriptible inundó su pecho.

—Esto es…

Plácido se aferró a los reposabrazos de su silla de ruedas, con un tono tranquilo.

—Este es el diario médico de la Abuela Vargas. Antes de irse, me pidió que lo guardara y me dijo que se lo entregara a su heredera en el futuro.

Levantó la cabeza para «mirar» a Leonor, sus cuencas vacías parecían capaces de atravesar el alma.

—Ahora es tuyo.

Leonor acarició suavemente las páginas. La escritura de la Abuela Vargas era firme y enérgica, casi podía sentir la concentración con la que escribía sentada en su escritorio.

Respiró hondo y cerró el diario.

—Gracias.

Plácido hizo un gesto con la mano.

—No tienes que agradecérmelo. Como discípula de la Abuela Vargas, te lo mereces.

Hizo una pausa y, de repente, cambió de tema.

—A partir de mañana, además de tratar mi envenenamiento…

Una extraña sonrisa se dibujó en los labios de Plácido.

—También te enseñaré técnicas de combate.

Leonor se quedó perpleja.

—¿Técnicas de combate?

Plácido asintió.

—Si quieres heredar el legado y los conocimientos médicos de la Abuela Vargas, es indispensable que sepas defenderte. Después de todo, ella se ganó muchos enemigos.

—Si esa gente se entera de que eres su discípula, no te dejarán en paz.

Esa lógica, Leonor la entendía.

Pero…

Leonor frunció ligeramente el ceño y su mirada se posó en las piernas inmóviles y las cuencas vacías de Plácido.

—En tu estado actual… ¿cómo piensas enseñarme?

En ese momento, Plácido era un hombre ciego y paralítico.

Con esa apariencia, no parecía precisamente un maestro de las artes marciales.

Plácido soltó una risa grave, su voz rasposa pero cargada de orgullo.

—Leonor, no te dejes engañar por mi aspecto actual. Antes de quedar lisiado, yo era 'El Búho', uno de los tres mejores sicarios de la red oscura.

Tamborileó con los dedos en el reposabrazos de la silla, su tono teñido de un matiz juguetón.

«La Seta Nevada, el único remedio capaz de mitigar su toxicidad».

La mirada de Leonor se agudizó.

¿No era ese exactamente el veneno que afectaba al señor Morales?

Resulta que la Abuela Vargas también se había encontrado con este veneno en el pasado.

¿Era todo esto una simple coincidencia?

Leonor cerró el diario y miró la oscuridad de la noche a través de la ventana, sus pensamientos en un torbellino.

Los misterios que rodeaban a la Abuela Vargas eran demasiados.

¿Cuál era la verdadera relación entre Plácido y la Abuela Vargas?

¿Quién lo había envenenado?

¿Y quiénes eran todos esos enemigos que la Abuela Vargas se había ganado?

Un sinfín de enigmas daban vueltas en su cabeza, pero sabía que no era el momento de buscar respuestas.

Desintoxicar a Plácido, volverse más fuerte, desvelar el secreto del medallón…

Eso era lo que debía hacer ahora.

Leonor guardó el diario, apagó la luz y se acostó.

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